# Dossier 7 / NUEVO CINE ARGENTINO EN LA LUGONES / UN REGISTRO DEL PRESENTE NOTAS RELACIONADAS       

Un registro del presente

 

“Hoy, que todo se registra con celulares y la gente se graba a sí misma todo el tiempo, siento que falta distancia”, dice el director de Una ciudad de provincia, film que se estrena en la Lugones. “La selfie obtura la idea de pararse y mirar al otro: es mirarse a uno mismo. Aunque el yo también es un registro del presente, me interesa mucho menos”.

 

Durante muchos años, el director Rodrigo Moreno tuvo el hábito de ir al Archivo General de la Nación a ver fotografías de la Argentina de principios de siglo, imágenes desprovistas de cualquier intención artística. El realizador de films del nuevo cine argentino como El Custodio, Un mundo misterioso y Réimon siempre mantuvo este interés por ver el “detrás”. Una mirada que fue desarrollando de chico, cuando sus padres actores (Adriana Aizemberg y Carlos Moreno) no tenían con quién dejarlo y lo llevaban a los ensayos, a mirar las obras tras bambalinas. Ese placer en detenerse en los exteriores, en los fondos, en reconocer las calles, continuó con películas argentinas de los años cuarenta. Algo de esa voluntad permanece en su nuevo largometraje, Una ciudad de provincia, que se estrena en la Sala Leopoldo Lugones. Una suerte de retrato en movimiento de la ciudad de Colón. “Lo que en cualquier película es un fondo, yo hago de eso la materia de mi película”.

 

‒¿Cómo surgió la idea de filmar en Colón?

‒Con Bruno Dubner, un amigo fotógrafo, hace muchos años que filmamos partes de Buenos Aires que nos gustan: edificios, recortes, autos, baldosas, desde un lugar completamente caprichoso. Una suerte de registro del presente. Colón en particular es una ciudad que conocía, solía ir a hacer un taller de cine. Estando ahí había algo muy placentero: la cercanía con el río, el clima benévolo, cierta amabilidad entrerriana en un momento muy crispado en Buenos Aires, durante 2014. Un día vi a tres chicas en moto hablando mientras circulaban a tres kilómetros por hora. Tenían una larguísima conversación en la costanera, con casco, y pensé en hacer una película sobre el registro del tiempo presente en ese lugar.

 

‒¿Cuánto de documental y cuánto de ficción tiene ese registro?

‒Hay una tendencia en la contemporaneidad a decir que los límites entre los géneros son difusos, y no es así. Son otros procedimientos, en algunos puntos se tocan, pero cuando estás en un bar con unos viejos y les tenés que pedir permiso para filmarlos, es muy distinto a si tenés actores. Lo que vuelve también es distinto. En relación con escapar un poco del documental y llegar a lugares más líricos o de ficción, como en la escena de las motos, con una puesta en escena, con travelling, con micrófonos, con una decisión escénica para el plano, no sentía que estaba violando ninguna regla del documental. Siento que estoy trabajando lo real de un modo creativo. Esa conversación que tienen las dos chicas en la moto probablemente es más real que si la hubiera filmado casualmente, porque la conciencia que ellas tienen en ese momento de ser filmadas provoca una capa más. Entendí que teníamos que lograr primero una mínima conexión humana y, a partir de ahí, podríamos empezar a filmar.

 

‒¿Cómo fue establecer esa conexión?

‒Hubo cierto entusiasmo por el hecho de que alguien de Buenos Aires mire Colón fuera de temporada, les llamaba la atención que quiera hacer una película ahí. Me ayudó mucho el director de fotografía, Alejo Maglio, quien resultó un socio creativo fuerte. Es alguien a quien le gusta el encuentro con los otros. Buscábamos una confianza que necesitábamos en términos humanos: nos gustaba estar ahí, había mucho placer. La película era posible si nos dejábamos estar en el lugar, sin una premura sindical de filmar ocho horas.

 

Una ciudad de provincia plantea algo casi deslocalizado desde el título. En relación con otras películas suyas como El Custodio o Réimon, ¿sigue habiendo un interés por lo anónimo?

‒Sí, me interesa filmar rutinas, oficios, la mecánica de los trabajos. Mi próxima película es sobre dos empleados de banco. En Una ciudad de provincia sabía que no iba a  haber relatos a cámara, no quería que hubiese una preponderancia de un personaje sobre otro. Es Colón, pero podría haber sido cualquier otro lugar. Si hubiésemos filmado una ciudad en San Luis, posiblemente hubiese encontrado otras cosas, pero algo del espíritu de la película hubiese sido similar.

 

¿Cómo fue recibida la película?

‒Siempre la recepción fue muy sorprendente. En Rotterdam y en Viena se me acercaban o bien locales o bien gente de otros lugares, de México, Grecia, Alemania, y me decían: “mi pueblo es igual”. Hay algo de un reconocimiento humano, del lugar que es fácilmente reconocible en cualquiera que tenga esa escala, independientemente de la procedencia.

 

‒¿Qué expectativa tiene del estreno en la Sala Leopoldo Lugones?

‒La Lugones fue muy importante y lo sigue siendo para mi formación. Lamenté mucho todo este tiempo que estuvo cerrada. Luciano Monteagudo, que es el director de programación de la sala, vio un armado anterior de la película y me hizo una devolución muy dura. Y fue muy interesante porque estaba en pleno proceso de montaje. Estrenar una película ahí es muy hermoso. Creo que el público de la Lugones conserva todavía la experiencia de ver otro tipo de relatos, otro tipo de cine y me interesa dialogar con ese público.

 

‒La reflexión por los distintos espacios donde discurre la película, ¿no se vuelve también una reflexión sobre el tiempo?

‒No lo había pensado. Creo que por sus características la película es una especie de cápsula del tiempo, un arcón donde se meten cosas del presente para ser descubiertas dentro de cien años, como cuando se manda el Voyager de Carl Sagan al espacio con saludos en todos los idiomas, ese gesto hermoso y poético de la ciencia. Y contar cómo somos los seres humanos, como una botella al mar. La expectativa de Una ciudad de provincia es esa. Es el material de archivo para un futuro, de unos seres en Colón en el año 2017.