Ésa es la cuestión

Por Lautaro Vilo >> Fotos Gustavo Gavotti
 

Traductor y adaptador junto con Rubén Szuchmacher de la flamante versión de Hamlet que se presenta en la Sala Martín Coronado, Lautaro Vilo enumera algunas de las dificultades que deben sortearse para ser vehículo del universo poético de Shakespeare en español. 

 

Traducir a Shakespeare, con respeto y sentido común teatral, obliga a olvidar la alternancia entre la prosa y el verso. No hay manera de sostener el verso en los pasajes del original en que aparece sin caer en un registro de diccionario, anacronismos infumables o cacofonías de dudosa ejecución teatral. Muchas traducciones están llenas de fragmentos inentendibles a la primera escucha –la única que tiene el espectador–, algo que hay que evitar. En esa tensión, se va gran parte del trabajo: cómo mantener en pie el sistema de imágenes sin reducirlas ni aplastarlas y, a la vez, construir un texto que las facilite, que las presente de manera efectiva.

Otro problema que aparece es el de la distancia, que es una cuestión de verosimilitud. Tenemos que ser directos y claros, pero mantener el texto allá, en la Inglaterra de la época shakespeariana. Ese lugar donde debe estar el texto no es un lugar determinado, es una idea sin una forma fija sino permeable, que se define más por lo que no es que por lo que es. Lo que hay que encontrar no es un texto de una “corrección” tal que recuerde el castellano neutro (invento infame si los hay, el chiste de un idioma) ni tampoco un español rioplatense que haga pensar que la batalla de Shrewsbury ocurrió en Rodríguez Peña y Corrientes. Evitar los pronombres “tú” y “vos” y las conjugaciones verbales que los indiquen. El “vosotros” también, por supuesto.

Balance: buscar ese tono en el cual el texto pueda ser índice de cuerpo escénico contemporáneo en acción y, a la vez, pueda despegar de una acción mundana. Shakespeare exige esa maleabilidad: entre la acción más vulgar y el despliegue gráfico y musical del lenguaje; y uno tiene que llevar al espectador con el mismo vehículo a los dos lugares.

Last but not least: el espectador solo puede atender a la acción. La acción en el teatro siempre es simple, tiene que serlo. Es la suma de esos pequeños fragmentos simples lo que arma la complejidad. David Mamet lo dijo alguna vez: “Todo aquello que sea más complicado que cerrar una ventana no se puede actuar”. Traducir y adaptar desde ese lugar. Atendiendo a las palabras del original como índices de una acción, tratar de buscar una recreación de esas acciones no solo en términos de un significado natural sino del significado de uso, atendiendo a la dinámica, el ataque y la forma de las acciones contenidas en las palabras. Ése es el norte, el objetivo a perseguir.