# Dossier 1 / PETRóLEO
(PIEL DE LAVA)
/ EL MUNDO ENTRE TODAS
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El mundo entre todas

>> Fotos Carlos Furman
 

En Petróleo, su última creación, el grupo Piel de Lava cuestiona los estereotipos de género, en diálogo constante con la capacidad de generar lenguaje y ficción a partir de procedimientos grupales.

 

Piel de Lava es uno de los grupos más inquietos e influyentes de la escena independiente. Desde el 2003, sus trabajos tienen una personalidad propia, allí donde, justamente, hay un equipo por encima de las individualidades. Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes, Valeria Correa, sus integrantes, comparten una posición ética, política y estética: el colectivo como forma de crear y estar con el otro. El grupo como laboratorio de experimentación.

En sus obras, ellas escriben, actúan y dirigen. Paralelamente, cada una desarrolla un camino propio en el teatro, el cine y la televisión. Por eso Piel de Lava es también lugar al cual volver, espacio autárquico que está sujeto a sus normas: las del propio deseo. “Entendemos que el director no siempre tiene la verdad y no necesariamente el actor tiene que ser conducido por esa mirada de afuera”, afirma Pilar Gamboa. Incluso Laura Fernández, quien dirige junto a ellas, se sumó al colectivo desde esta premisa. Sus trabajos llevan procesos largos, porque el tiempo es también el de la generación de consensos.

Patagónicos y masculinos

En su quinta obra, el disparador fue, una vez más, lúdico: abordar el universo masculino, hacer de hombres. “Estamos atravesadas por ciertas lecturas, en un contexto político donde reflexionamos sobre la masculinidad como construcción”, sostiene Elisa Carricajo. “Nos interesaba abordarlo desde una experiencia física y corporal como es la actuación”. Según Laura Paredes, el mundo del petróleo –descartaron que fueran mineros–, se abría pleno de metáforas: un pozo casi vacío que siguen tratando de romper, como un gran falo que perfora la tierra, un trabajo donde la masculinidad está aislada y exacerbada porque se la pasa muy mal, “entonces si sos macho y te la bancás para la empresa es mejor”. En este mundo en que la fuerza física es vista como bandera, Rodrigo González Garillo, el escenógrafo, planteó estructuras de carros móviles y distintos frentes. “Nosotras movemos los carros, no hay maquinistas mujeres”, según Valeria Correa. “Movemos la escenografía entre las escenas habitando estos cuerpos de hombres”.

 

Artistas en residencia

Además de la creación de Petróleo, el grupo ofreció en el Teatro Sarmiento una Retrospectiva de su obra y un workshop abierto a la comunidad sobre creación grupal. Este formato tripartito es el que propone el programa Artistas en Residencia, desde 2017, en el teatro Sarmiento. En la primera edición, Matías Feldman y su compañía Buenos Aires Escénica revisitaron su obra, ofrecieron un taller y produjeron El ritmo. “Volver a hacer las obras, entender el funcionamiento del grupo y transmitirlo, nos aportó mucha claridad para llegar a Petróleo”, reflexiona Carricajo. “Uno no tiene escrito quién es, simplemente hace. Fue una manera de reencontrarse con uno mismo y como grupo”.

“Era un lujo poder visitar nuestros trabajos y encarar un nuevo proyecto con ese material tan pregnante y vital”, afirma Paredes. “Trabajamos ininterrumpidamente hace 16 años, pero tardamos dos o tres en armar una obra. Fue la posibilidad de condensarlo en 8 meses.” El taller fue una instancia donde reflexionar y sistematizar sus propias maneras de armar lenguaje, cuyas conclusiones no son solo estéticas o pedagógicas. Pilar Gamboa aporta luz sobre la dimensión material de estas prácticas. “Con Petróleo fue la primera vez que el grupo recibió un sueldo por trabajar. En el teatro independiente ganamos un porcentaje de las entradas, que en el mejor de los casos te alcanza para ir a comer después. Que el teatro público empiece a guiñarle un ojo al teatro independiente es lo que tiene que pasar, sino uno asocia al teatro público con lo antiguo. Y si además eso se conjuga con que la gente se acerque, es una fiesta”.

Devenir hombres

Como primer abordaje, las actrices construyeron masculinidades estereotipadas para estos hombres aislados en un yacimiento petrolífero de la Patagonia, en los que van apareciendo comportamientos disruptivos, en un mundo donde las reglas de lo masculino son rígidas. “Nos interesaban personajes que no adhirieran con tanta claridad o que tuviesen formas distintas de pensarse”, según Carricajo. “Una inversión de algo que sí se hace mucho, hombres haciendo de mujeres”.

“Era un desafío actoral si uno podía mirar una obra y trascender el bigote y la peluca”, recuerda Paredes. “Generar una creencia de lenguaje que el espectador pueda seguir más allá de eso, la opinión que somos mujeres actuando corporalidades masculinas”. Tuvieron que dar un salto, armar un monigote formal y compuesto, para habitarlo sensible y emocionalmente. Al principio era insólito, no podían parar de reírse. Los personajes fueron apareciendo desde el vestuario, las miradas, el pelo. “Las chicas me devolvían: no puedo creer a ese chabón.”, agrega Correa. Reconoce a su personaje, Formosa, pero no le hace acordar a nadie en particular. “Tengo una teoría que es un personaje de los años 90, posibles amigos de la adolescencia o compañeros del secundario”. Carricajo reivindica este humor sobre la masculinidad. “El peligro es reírnos de algo rígido, que está construido y es anacrónico, pero a la vez para cierta mirada – al ver la derrota parlamentaria por la legalización del aborto, por ejemplo–, no es nada anacrónico. Sigue produciendo sentidos.”

Los límites de la risa

Para Piel de Lava, el humor es forma de trabajo y también maneras para no cerrar sentidos. Lo paródico en este caso, como discurso que solo negaría al varón, fue descartado como camino. “Es un lugar muy cómodo el de la parodia. Todos estamos distanciados: el que la genera y el que mira”, sostiene Gamboa. “Hay algo de resguardo, no hay riesgo en la parodia.” Optaron entonces por buscar la humanidad de esos hombres a partir de la actuación, “que siempre tiene algo de humor sobre uno mismo”, para Carricajo. Reírse de ciertas formas, de criaturas que son también ellas mismas, como seres construidos. “La obra intenta crear, desde una mirada amorosa, un mundo más feliz, que ocurre hacia el final.” El humor se vuelve, también, posibilidad que habilita otras formas de pensarse. La risa se transforma en arma para derrocar ciertos verosímiles, ampliar el horizonte legítimo de las maneras establecidas.

La atracción por lo femenino

Estos operarios se empiezan a seducir con la posibilidad de abordar elementos femeninos (tapados, zapatos de taco alto). El pozo en el que caen es también el de la caída del macho y su máscara. “Lo primero que aparecía era el chiste: se empiezan a vestir de mujer porque hay cierta atracción entre ellos, y eso era lo que el trabajo expulsaba”, afirma Paredes. Su personaje, Montoya, es uno de los más “débiles” del trailer: inventa tener novia, esconde su sensibilidad para sostener, entre sus compañeros, cierto ethos de “chabón”. “Creo que sucedió por una dificultad mía como actriz. En los ensayos me costaba habitar con firmeza esa composición, siempre lo que a uno le va pasando lo mete como material”.

En esta conversión masculina, hay una voluntad de ir a un lugar diferente, enrarecido y sensible. Una experiencia de borde donde se percibe lo masculino y lo femenino como tensión. Un interés por las personas que no se piensan desde un lugar rígido, en el género u otros ámbitos. “Si sos un machote y te gusta ponerte un tapado peludo, o si sos una chica y querés darle con el hacha a un árbol”, afirma Carricajo. En estos hombres que empiezan a tener cierta erotización por lo femenino, los personajes redescubren el cuerpo que los soporta: el de las actrices. Entonces el teatro confirma que es puro juego, entretenido y comprometido. Juego para la reflexión, ideas hechas cuerpo.


Trabajar juntas

“Hay una amistad de años y una alegría de trabajar juntas. Las diferencias son constitutivas y en las obras están esas diferencias”, según Carricajo. Todas las opiniones tienen el mismo valor y las obras son un espejo que les devuelve al grupo la posibilidad de reflexionar sobre lo que les sucede como colectivo. Su obra anterior, Museo, ponía en escena la fragilidad de las grupalidades, en un momento en que les costaba encontrar un cauce en común, el colectivo parecía al borde de su disolución –. Sin embargo, en el final, en una superficie espejada se formaba un retrato que era la suma de todos los rostros. “La verdad está en el centro de todas las opiniones. Es un Frankenstein, la suma de las distintas cabezas”. Todavía la doxa machirula asocia los grupos de mujeres como fuente de problemas. Todavía la creación grupal parece estar desprestigiada, como bandita amateur. Piel de Lava avanza derribando prejuicios, expandiendo los límites de la escena, desafiando sus formas de creación, conquistando públicos, y nos muestran, como sociedad, todo lo que aún está por hacerse. Tal vez, algo de todas estas razones no explique, pero al menos amplifique, porqué son tan celebradas.