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Un mundo fragmentario

 

El director polaco de El casamiento comenta en esta entrevista su forma de aproximarse a la obra de su compatriota Witold Gombrowicz, que el propio dramaturgo consideraba “irrepresentable”.

 

En el Hall de la Sala Martín Coronado, donde en pocos días se conocerá su versión de El casamiento de su compatriota Witold Gombrowicz, el director polaco Michal Znaniecki interrumpe brevemente la charla para hacer unas fotos para un medio que lo reclama. El proyecto no es, para este reconocido régisseur que ha montado óperas y espectáculos en los escenarios más importantes de Europa, una experiencia más en su exitosa carrera. Porque Znaniecki confiesa que comparte con Gombrowicz una afinidad que trasciende su condición de polaco. Como el autor de El casamiento, Znaniecki quedó prendado de la Argentina cuando, una década atrás, conoció el país tras una fuerte crisis personal que lo trajo primero a la Patagonia y después a Buenos Aires, donde decidió que esta ciudad fuera su “lugar en el mundo”. De hecho, tiene su casa en el barrio de San Telmo, a pocas cuadras de una de las pensiones donde vivió Gombrowicz.

“A estas alturas, para mí es importante saber cuándo es el momento y el lugar precisos para encontrarme con una obra, y no encarar un proyecto sólo por prestigio personal o por el interés de un determinado teatro o compañía”, dice Znaniecki. “En el caso de Gombrowicz, obviamente era algo pendiente montar una obra como El casamiento. Pero estaba esperando que fuera mi momento, y en el lugar y en el teatro precisos. Y ahora llegó ese momento. Como le sucedió a Gombrowicz, tengo con la Argentina una relación un tanto extraña, porque a pesar de que viajo todo el tiempo por el mundo y profesionalmente me va muy bien, cada vez que tengo que dejar Buenos Aires siento una tristeza y una necesidad imperiosa de regresar. Y no se trata de que aquí tenga una vida fácil o que me traten tan bien. Pero siento que mi lugar es Argentina, porque es el lugar donde me entienden, como artista y como ser humano. Por eso siento que llegó el momento, tras 25 años de carrera y con más de doscientas producciones montadas por el mundo, de probarme a mí mismo y saber si soy un director maduro. Y qué mejor que con El casamiento de Gombrowicz, una pieza que pone en escena al creador de un mundo, a un demiurgo que como Enrique crea un universo. En ese sentido es un verdadero desafío descubrir qué puedo entregar, como polaco, como artista, como argentino adoptivo, a los espectadores de este teatro que, además, fue el primero que conocí ni bien pisé Buenos Aires”.   

—Hay un acuerdo entre los directores que se han acercado a esta pieza acerca de la dificultad de montarla. ¿Usted coincide?

—Para mí es todo lo contrario. Gombrowicz ofrece una libertad absoluta de apelar a diversas formas teatrales, porque él mismo está jugando con autores clásicos, desde Calderón hasta Shakespeare. Y si bien no asistía al teatro, sí había leído a muchos dramaturgos. Gombrowicz se pone a experimentar con un mosaico de formas teatrales que invitan al director a encontrarlos y reconocerlos. Es una lujuria total. Tal vez sea complicado ubicar sus invenciones mentales en un escenario, porque uno puede hacerlo en un espacio vacío a lo Peter Brook o buscar un realismo que me parece absurdo, construyendo castillos y tabernas. Jugar con formas teatrales diversas es el máximo placer para un director. En cuanto a su parte llamémosle “filosófica”, tal vez sea más difícil de contagiar al espectador actual. Porque su teatro fue vanguardista hace setenta años. Por lo que hablar hoy de la ceremonia del hombre o de la vida es un poco anticuado. Hay que pensar qué es lo nuevo que podemos encontrar en su teatro, dónde está su actualidad.

—¿Y en qué radica la vigencia de su teatro?

—Enrique, el protagonista, es un demiurgo que está creando un mundo, como Próspero en La tempestad, como un gran artista que está creando su propia obra, aunque después borra ese mundo, lo cancela. Construye a su familia para después deshacerla y dice: “no soy más hijo, porque soy hijo de la guerra”. Convierte a su padre en rey, para luego destronarlo. Algo que es habitual en nuestra cultura, tan afectada por las redes sociales, en la que podemos usar Facebook para crearnos un mundo a la medida de nuestros deseos, para ser y hacer algo muy diferente a lo que somos en la realidad. Eso lo veo muy gombrowiczeano. Conozco personas que hasta terminan por no salir de sus casas, porque se han creado un mundo propio en las redes que no responde a su realidad y entonces temen a la inevitable confrontación.

— Lo virtual sería como un sueño de Gombrowicz que él ni siquiera imaginó…

—Totalmente. Gombrowicz usaba a la palabra como forma de construir al hombre. Como dice Enrique: “yo actúo de ser hombre”. Actúa su humanidad. Y cuando habla en la escena, obviamente resulta artificial. Una artificialidad que él mismo denuncia. Así como Enrique eleva a su padre a la condición de rey, si lo pusiera en su Facebook la gente comenzaría a creerlo. Es tan simple y primitivo como eso. El propio Gombrowicz hacía eso en su vida: caminaba por la calle Corrientes diciendo que era un conde polaco y la gente le creía. Pero hoy inventarse una personalidad ya no es patrimonio de intelectuales, sino que está al alcance de cualquiera. Basta con crear una cuenta en Facebook o en Instagram. Antes eso lo hacía Gombrowicz, Jean Genet o André Gide. Ahora puede hacerlo el joven que vende café en la esquina. Y funciona.

—Desde lo formal, ¿cómo se traduce eso en la puesta en escena?

—Usamos formas teatrales reconocibles para los espectadores del Teatro San Martín, sistemas de actuación que han transitado estas salas, desde los espectáculos de Tadeusz Kantor en los ochenta pasando por las compañías internacionales del Festival Internacional hasta el reciente Calderón de Calixto Bieito. Es una gran mezcla de estilos, procedimientos y materiales. Por eso, en las entrevistas de los medios con los actores, para cada uno de ellos el espectáculo es algo diferente: algunos hablan de un realismo psicológico a lo Timbre 4; para Carnaghi es una farsa; para Ziembrowski, un outsider creo yo también del sistema argentino, es una comedia musical. Por eso podemos partir del protagonista encerrado en una jaula diciendo algo muy profundo e ir hacia una farsa. Que luego se transforma en un realismo muy de los últimos años, donde estamos buscando en el alma de cada personaje, llegando a su “verdad intima”. Muy del teatro independiente, que busca cambiar el mundo desde un sillón mirando la TV.

—¿No es un tanto peligroso recurrir a registros tan diferentes?

—En el teatro todo es peligroso, más con una obra como ésta. Pero confío que en el mundo de hoy, tan fragmentario, el público conecte con esta propuesta. Creo que al final todo tiene sentido. Considero que esta puesta es muy gombrowiczeana y eso es lo más importante. Así como la actriz principal, que casi no tiene texto a lo largo del espectáculo, dice al final un parlamento que se transforma en un manifiesto feminista. Cada uno de los actores tiene su mensaje para dar.

—¿Cómo se plasma ese mundo en relación con la escenografía y el vestuario?

—Usamos toda la tecnología disponible. Tenemos cámaras, monitores, columnas y, además, aprovechamos los recursos de movimiento del escenario de la sala Martín Coronado. Ese mundo que construye Enrique se plasma en lo escenográfico. Así como un palacio de las ideas de Gombrowicz que crean una nueva religión. Además de un recorrido por la historia del teatro, desde lo más primitivo hasta lo más moderno. De alguna forma, el espectáculo también denuncia, a su modo, a ese teatro un poco demasiado espectacular, que hoy está de moda. Como decía antes, Enrique es un director que, como Kantor, pone todo en la escena e invita al espectador a un juego de reconocimiento. Algo muy propio de la cultura pop y que, pienso, a Gombrowicz le hubiera encantado. Así como él nos ofrece una creación para la cual se ha apropiado de autores canónicos del teatro, nosotros hemos echado mano a un abanico muy diverso de formas teatrales para hablar de la forma de ser humano, de cómo actuamos nuestra propia humanidad cada día. El resultado es un universo teatral muy rico que le permite al espectador la posibilidad de elegir, de no aceptar necesariamente el todo y decidirse por alguna de las partes. Gombrowicz pensaba que El casamiento era un texto “irrepresentable”. Hemos aprovechado esa libertad absoluta que ofrece el autor para crear nuestro propio mundo. Un mundo hecho de retazos, de fragmentos. Un mundo que el espectador, seguramente, encontrará reconocible.