Transmitir la emoción del movimiento

>> Fotos Gustavo Gavotti
 

En el Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín, espacio de aprendizaje que dirige hace casi tres décadas, la maestra Norma Binaghi reflexiona sobre los desafíos de formar a los futuros bailarines de la danza argentina.

 

En el subsuelo de la galería San Nicolás, en la avenida Santa Fe al 1400, se encuentra el Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín. Un espacio creado hace más de cuatro décadas para proveer de bailarines al Ballet Contemporáneo, elenco estable de la danza moderna en el San Martín que habían creado poco antes KiveStaiff y Ana María Stekelman.
Con el tiempo, ese objetivo inicial y prioritario se fue ampliando: se agregaron asignaturas y se organizó la cursada en un ciclo de tres años que permite, al tiempo que profundizar en las técnicas y trabajar en tareas de investigación, alcanzar una completa formación en danza contemporánea. Hoy, los egresados del Taller de Danza pueden integrar el elenco de la Compañía pero también pueden insertarse en otros grupos, crear espacios independientes y obtener becas para continuar su carrera en el exterior.
Desde fines de los ochenta, el Taller de Danza está dirigido por Norma Binaghi, quien integró la compañía desde sus inicios, siempre con la vocación de transmitir la emoción del movimiento. Como intérprete, Norma buscó ahondar en la sinceridad del movimiento, más allá de lo “clásico” o lo “moderno”.  Como docente, buscó que el Taller fuese un semillero, y que los mejores alumnos sean los maestros de las generaciones futuras. Se alegra sinceramente cuando los egresados están haciendo buenas carreras en el exterior. O cuando integran elencos que les permiten crecer ante otros públicos.
Prueba de ello es que esta charla, a propósito del “reconocimiento a su trayectoria” que recibirá a 50 años de su ingreso al Teatro San Martín como bailarina, y que todos quienes integran la familia del Teatro consideran sencillamente un merecido “homenaje”, se verá permanentemente interrumpido por alumnos que la requieren y por egresados que la visitan, la consultan, la reconocen como su Maestra.

–¿Cómo surgió la idea de crear un taller-escuela dedicado específicamente a la danza contemporánea?
–Cuando se decidió la creación, en 1977, del Grupo de Danza Contemporánea, lo que es hoy el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, se pensó paralelamente que se hacía necesario un espacio de formación para dotar de bailarines a la compañía. Había cuatro materias: Danza Clásica, Danza Moderna, Música y Movimiento y Composición e Improvisación. En ese entonces, en Buenos Aires, no existía un espacio donde se pudiera estudiar esas técnicas en un mismo lugar. Había que pasar por varias escuelas. Estaban, sí, las escuelas de danza clásica, pero ninguna orientada a formar bailarines profesionales en danza contemporánea.    

–Antes de asumir la dirección del Taller, ¿había pensado en dedicarse a la docencia o fue algo que sucedió y tuvo que aprender a enseñar?
–Empecé a bailar desde muy chica con una maestra particular. Estudiaba danza clásica y, como me vio condiciones, le dijo a mi mamá que quería prepararme para entrar en la Escuela Nacional de Danzas, que era básicamente un profesorado. Había terminado la primaria, tenía unos 12 o 13 años. Rendí el examen e ingresé a la Escuela con la idea de ser profesora de danzas. Claro que seguí bailando, siempre estaba en algún grupo independiente y, al mismo tiempo, seguía estudiando y perfeccionándome. A los veinte años entré al Ballet Argentino de La Plata como bailarina, después de perfeccionarme en el Teatro Colón. Por lo que siempre tuve esas dos pasiones: bailar y enseñar.

–En algún momento buscó otros horizontes.
–Sí, me fui a Europa tres años a perfeccionarme. Había visto a la compañía de Maurice Béjart y quedé tan impresionada, tan fascinada con ese lenguaje que quise viajar. Y cuando volví, venía con la idea de enseñar. Pero justo Oscar Araiz creó la compañía de danza en el Teatro San Martín, a fines de los sesenta, en 1968 más precisamente. A Oscar lo conocía porque había bailado con su grupo y también en algunas de las coreografías que montó con el ballet de La Plata. Y empecé a bailar en su compañía.

–¿Por entonces ya estaba decidida a volcarse al lenguaje contemporáneo?
–A mí siempre me gustó bailar de todo. Bailaba clásico, neoclásico y también folclore. Y cuando participaba de algún grupo independiente, también hacía contemporáneo. Por ese entonces estaban grandes maestros como Cecilia Ingenieros, Paulina Ossona y el propio Oscar Araiz. Pero nunca hice diferencias entre la danza clásica y la contemporánea. Claro que el lenguaje moderno me dio la posibilidad de despertar otras emociones. Y explorar mi propia personalidad. Era también un desafío. En ese momento, en Buenos Aires había una gran división entre quienes bailaban uno u otro lenguaje. Algo que no entendía, porque en mi experiencia en el exterior había bailado de todo: con punta, con tacos, hasta con plumas.      

–Pero nunca abandonó la docencia…
–No, nunca. Cuando se creó el Grupo de Danza Contemporánea, en 1977,  estaba bailando Historia de la danza, una coreografía de Esther Ferrando, con Mauricio Wainrot. Y nos invitaron a ambos a participar del elenco como bailarines profesionales. Pero aún así seguía dando clases en la Escuela de Danza y en forma particular. Nunca dejé la docencia. Y en la propia compañía también daba clases.

–Por lo que asumir la dirección del Taller de Danza fue un paso natural.
–Cuando me lo ofrecieron fue un gran desafío. Aunque sentía que estaba preparada, dirigir el Taller significaba recibir una gran herencia. Porque si bien funcionaba ya hacía varios años, había que darle una orientación y un perfil determinado. Y saber elegir a los maestros más adecuados.

–Como sucede en otras disciplinas, imagino que ser un buen bailarín o coreógrafo no alcanza para enseñar a bailar.
–Hay que tener mucha vocación. Por eso, aunque siempre estuve muy identificada con la danza contemporánea, también fui convocada para dar clases en compañías clásicas como la del Colón, porque siempre sentí la necesidad de enseñar y de no limitar lo pedagógico a una determinada técnica o escuela. Al tiempo que me formaba, pensaba en cómo transmitir eso que aprendía. Y aún hoy, siempre estoy aprendiendo para poder enseñar. Porque el mayor peligro está en quedarse con lo que una aprendió, en cristalizar los conocimientos. Claro que me ayudó mucho estar en espacios con mucha libertad para poder evolucionar y crecer. Y que nuestros alumnos puedan, además de formarse como intérpretes, tener las herramientas para crear. Es importante incorporar nuevos lenguajes y por eso invitamos, dentro de nuestras posibilidades, a otros coreógrafos, para que los alumnos puedan acercarse a lo nuevo y a lo diverso. Y también contar con el aporte de artistas que han pasado por el Taller y que, aunque hayan transitado otros caminos y tienen otras experiencias, conocen la ideología de este espacio. Lo que más valoro es lo que puede ofrecer un maestro artista.

–¿Cómo es eso?
–Pienso que cualquiera que haya transitado el camino de la danza puede enseñar y resulta valioso. Pero los fundamentales son aquellos quienes, más allá de instruir en tal o cual técnica, pueden transmitir las sensaciones, las emociones que provoca el movimiento. Eso que sabe todo aquel que bailó en un escenario, ya sea en un grupo o en una compañía. Sobre todo ahora, que todo tiende a ser más mecánico, más frío, menos sensible.

–¿Esa es una tendencia en la Argentina o es más bien algo que sucede a nivel global?
–Creo que es a nivel de la danza en general. Antes había menos bailarines y las posibilidades técnicas eran más limitadas. O, mejor dicho, los cuerpos estaban más limitados. Es lo mismo que sucedió con el deporte: se desarrollaron tanto las posibilidades biomecánicas del cuerpo que ahora una bailarina puede elevarse y saltar y girar de una forma que antes eran impensadas. Hasta las líneas del cuerpo, la estética corporal, han cambiado mucho. Además, dentro de la danza, hoy hay técnicas que son casi acrobáticas. Y los cuerpos se han desarrollado cada vez más para alcanzar esas exigencias.

–¿Y eso le ha quitado “contenido” al movimiento?
–Creo que el movimiento ha perdido algo de emoción y sentimiento. Por supuesto que es importante el desarrollo del cuerpo, pero además tiene que vibrar. Tiene que estar el contenido emocional. Aunque sea muy técnico, no importa, pero a partir de la música y el movimiento tiene que estar la emoción. Si no, es gimnasia.

–En ese sentido, ¿cómo es la realidad de nuestros bailarines?
–Puedo hablar, fundamentalmente, de lo que ocurre aquí en el Taller. Muchos de nuestros egresados emigran a Europa o a compañías de América latina y, en todos los casos, encuentran su lugar, porque tienen una formación muy completa. Para seguir sumando conocimientos, por supuesto. Y, además, por el tipo de enseñanza que reciben, pueden ingresar en cualquier compañía, independientemente de cuál sea su orientación. No son pocos los egresados que entraron en compañías de danza clásica. Y como decía antes, lo que más me importa es que, más allá de la técnica, salen del Taller con la mente abierta para iniciar caminos bien diferentes: algunos siguen bailando, otros prefieren la creación coreográfica y también la enseñanza para seguir desarrollándose. Hay quienes salen al mundo a bailar tango. Otros vienen de nuestras provincias con una muy buena formación en folclore y, a partir de lo que aprenden en el Taller, pueden darle a su baile una vuelta más contemporánea. De cualquier forma, la mayoría de nuestros egresados se insertan, de manera diversa, en el medio.

–En el mismo Teatro San Martín, más allá de la posibilidad de ingresar a la Compañía, hay alumnos del taller que integran elencos de obras de teatro…
–Totalmente. Y también tienen la posibilidad de montar sus propias obras en el Teatro de la Ribera.

–Tal vez sea una pregunta difícil de responder pero, cuando llegan los aspirantes a las audiciones, ¿qué es lo que tiene en cuenta para decidir si un aspirante tiene o no condiciones para ingresar en el Taller?
–No, no es difícil de responder para mí. Por supuesto que no soy la única que decide, pero lo que más me interesa es la actitud, su presencia y su personalidad. Claro que también se evalúan sus condiciones técnicas y sin dudas es importante su cuerpo. Pero lo que más me importa es su actitud. Y la curiosidad y las ganas de aprender. Que “se plante”, en definitiva. Y de hecho, la verdad, es que no me equivoco. Ahora mismo tengo un alumno de tercer año, quien está terminando el Taller y se encuentra haciendo su trabajo de tesis, y tuvo un crecimiento increíble. Venía del Colón, donde había sufrido una experiencia muy traumática. Y ahora me emociona verlo, la transformación que hizo, su evolución. Es otro cuerpo, con otra energía. En esta escuela a nadie se le dice: “vos no podés bailar”. Es una actitud muy autoritaria y soberbia además, porque nadie sabe cómo va a evolucionar una persona. Eso no tiene nada que ver con la exigencia y, de hecho, esta escuela es muy exigente, tanto para ingresar como para cursar. Pero todos tienen la posibilidad de aprender y mejorar. Y, en última instancia, es el propio alumno quien tendrá que descubrir si puede o no desarrollarse en aquello que deseó y soñó.