# Dossier 8 / MúSICA, BAILE Y DANZA EN EL HALL DEL SAN MARTíN / 'SIEMPRE ESTOY PENSANDO EN LO QUE VIENE' NOTAS RELACIONADAS       

‘Siempre estoy pensando en lo que viene’

 

La presentación de Richard Coleman en el Hall del Teatro San Martín es la excusa para una charla en la que este guitarrista excepcional –además de una de las voces más potentes y singulares del rock–, reflexiona sobre la supervivencia de la canción, la sensación de salir a tocar sólo con su guitarra y el estado de situación de eso que llamamos rock, entre otros tópicos.

 

En esta fría media mañana de fines de julio, Richard Coleman abre la puerta con una sonrisa amable e invita a cronista y fotógrafo a ingresar a su búnker-estudio-hogar de Villa Urquiza, el espacio donde, se sabe, ha gestado buena parte de su obra musical. Al punto que inspiró el título de su debut solista, Siberia Country Club, porque cuenta que, hace muchos años, el barrio era muy diferente a como luce ahora: “no había nada, ni luz, no pasaban los colectivos. Vivir acá era una condena, la Siberia”.
Antes de comenzar a preguntar, es inevitable que la mirada no se detenga en la particular escenografía del “Santuario Coleman”, donde cada objeto, cada imagen, remite sin dudas a su universo personal: un póster de The Cure por aquí, otro de Kiss por allá; dos coquetos estantes de discos coronados por Tommy de The Who y varios de Bowie; un retrato del propio Coleman fantasmalmente blanco; pilas de libros por todas partes, desde Baudelaire hasta Stephen King y Clive Barker, de quien muestra, con cierto orgullo, un ejemplar firmado; en el espejo ovalado, una foto de Gustavo Cerati con lentes negros. Pero lo que más se ven, aquí, allá y por todas partes, son guitarras, pedales y parlantes. Su arsenal de sonidos sofisticados y líricas oscuras.
Guitarrista y compositor excepcional, y una de las voces más singulares del rock por estas geografías, Richard Coleman comenzó su carrera en los ochenta junto con Ulises Butrón, Daniel Melero y Soda Stereo. En 1985 formó Fricción con Gustavo Cerati y fue parte de la banda de Charly García durante las giras de ese año y el siguiente. En 1988 editó con Fricción su celebrada versión en español de Héroes de David Bowie. En los noventa fundó Los 7 Delfines, banda con la que grabó siete álbumes hasta su disolución en 2009. Además, colaboró como autor y compositor con Soda Stereo y Gustavo Cerati, a quien acompañó como guitarrista en las giras Ahí vamos y Fuerza natural, entre 2006 y 2011.
En treinta y tantos años de recorrido artístico, Coleman se caracterizó por su condición de artista más allá de la popularidad, que descree aún de la etiqueta “de culto”, dispuesto a subir siempre la vara de la autoexigencia. Tras el final de Los 7 Delfines, su última banda, en 2011 inició un proyecto solista con el mencionado Siberia Country Club, que siguió con A Song is a Song (2012), un exquisito álbum con canciones en inglés, y continuó en 2013 con Incandescente y en2016 con Actual, registro en vivo con su banda solista, el Trans-Siberian Express. F-A-C-I-L (2017), mezclado en Nueva York, es su más reciente disco y prueba inobjetable de una carrera en solitario cada vez más sólida y atractiva.

–¿Fue difícil salir a tocar solo, siendo que siempre elegiste participar en una banda, en proyectos colectivos?
–Siempre me gustó el eléctrico y con banda. Y salir a tocar solo fue como un reboot, un reiniciar. Lo que pensé en ese momento, fue más o menos por 2009, cuando terminó Los 7 Delfines, era que no estaba preparado para tocar en vivo como solista con mi nombre, aunque sí para grabar. Entonces llamé a un amigo, el manager de Gran Martell por ese entonces, para hacer una pequeña gira. Me río cuando digo “gira” porque acá, en Argentina, las giras son muy complicadas. Pero sí quería salir solo con la guitarra a tocar en ciudades chicas del país que no fueran capitales o grandes ciudades. Y en lugares que no fueran para más de 80 ó 100 personas. Recuerdo que el manager me miraba y me decía: “hacémela un poco más fácil” (risas). Era todo complicado. Porque vender un show mío como si fuera un chico nuevo era más difícil que vender a Richard Coleman en Rosario, en Córdoba o en Mendoza. Para el manager, era más fácil negociar eso. Dadas las circunstancias de ese momento, que son iguales a las de ahora, mover una banda era muy complicado. Es muy caro, más que complicado. Y si no hay una producción o un sponsor se hace muy difícil. Por otra parte, no tenía la necesidad de ir a lugares con mucha gente sino reencontrarme con mis canciones, con el público. Y conmigo mismo. Al final salió muy bien. Hice una pequeña gira de seis shows en ciudades como Casilda o Bolívar, y me sirvió mucho. Me fortaleció y me hizo confiar en mis propias posibilidades de exposición. Descubrí algo bien diferente a salir con una banda eléctrica para mostrar la fuerza y la complejidad de los arreglos o un sonido destacado. Y salir con las canciones despojadas de todo, solo con la guitarra, con muy poco volumen y con el público tan cerca que podés mantener una conversación entre tema y tema, me pareció que podía estar muy bueno. Y así fue, resultó genial.

–Entre tus características está la de ocuparte especialmente, casi obsesivamente, por cómo suena la banda en vivo. Tocar en un espacio abierto, no preparado especialmente para un show, ¿te preocupa de alguna manera?
–No es una obsesión, más bien es una búsqueda de excelencia. De hacer las cosas a tope, lo mejor posible, para que se aprecie lo que estás haciendo. No pasa por que se entienda el “mensaje”, sino que la idea estética llegue sin asperezas. O con las asperezas que yo elija mostrar, y no por imponderables técnicos. Ahora que me decís esto, me acuerdo de que en 2012 hice una pequeña gira por Uruguay, fuimos a tocar a tres ciudades. Y digo “fuimos” porque fui solo con mi guitarra… y con mi sonidista (risas). Fui con Adrián Taverna, que es muy amigo, pero es un sonidista de estadios, entre muchos otros, hizo el sonido de los últimos shows de Soda Stereo. Pero él se copó y me acompañó. Tal vez era demasiado para un cantante solo con su guitarra en un espacio chico, pero me sentí bárbaro, protegido y contenido. Saber que a cualquier lugar donde llegaba iba a estar con un gran ingeniero de sonido cuidando lo que le llega al público. En mis shows acústicos uso bastantes procesos simples de sonidos con los cuales me manejo desde hace mucho. Pero no toco la guitarra sola, uso pedales y efectos. El sonido de la guitarra no pasa “a través” de esos efectos sino que toco “con” los efectos, son parte del instrumento también. Y eso lo fui integrando de a poco en mis shows acústicos. Fui viendo qué extensiones podía darle a la guitarra, para que sonara lógico, y logré así una buena idea sonora. Mis shows acústicos proponen un viaje sonoro que es muy copado.

–¿Ya sabés cómo va a ser el show en el Hall del San Martín o lo vas armando de a poco?
–Antes de dar el sí para cualquier show siempre pienso si puedo hacerlo y ofrecer algo interesante y diferente. Cuando me dijeron de actuar en el San Martín me entusiasmé mucho, porque me parece un lugar extraordinario y en seguida comencé a imaginarlo. Me pidieron que presentara un formato original, por fuera del estándar de lo que hago siempre. Entonces fui armando un repertorio que, sin salir totalmente de lo que estoy haciendo en mis shows acústicos, ofreciera algo nuevo. Y armé un seleccionado de covers, no caprichosamente si no con cierta plasticidad, regido más que nada por el placer. Por cosas que me gustan tocar y cantar. Porque es a partir de lo que a uno le gusta mucho cuando se puede compartir las canciones. No va a haber demasiados hits: sólo algunas de mis canciones, como una de Los 7 Delfines, de Dark (1997), un disco medio maldito de la banda, al lado de una canción de Johnny Cash. También voy a hacer un tema de Chico Buarque, que sería lo más extremo, lo más punk que puedo hacer, pero que se amalgama magníficamente con otro de Lou Reed. Son cosas que me van saliendo en los ensayos. También voy a tocar algunas de las canciones que hice con Gustavo Cerati, algo de David Bowie, un poco de cada cosa. Y un tema de Jethro Tull que me encanta. Lo que rige la cosa es que la canción te lleve a pensar en el artista original, pero que al mismo tiempo no te lo haga extrañar, sino que puedas disfrutar de la canción por fuera del contexto en el que fue creada, sin sus arreglos originales. Porque hacer una canción de Jethro Tull sólo con una guitarra y un piano ya es bastante arriesgado, en realidad. Es una canción que me gusta desde los 14 años, hace cuarenta que la conozco y la siento tan mía como de Ian Anderson. Todas esas canciones las hice mías de algún modo.

–Esa idea de apropiación de la música rige también para tu propia obra. Hace poco confesaste que buscás que tus canciones se escuchen más allá de que sean tuyas, que se valoraran independientemente del artista.
–Sí, es una idea que vengo trabajando en mis últimos discos. Desde Incandescente busco que la canción prevalezca sobre el artista. Es una manera de comunicar distinta. Porque seguir la carrera de alguien es sólo para algunos, y yo necesito que me escuche más gente de la que me sigue desde siempre. Con ellos he establecido una complicidad particular, que hasta me permite hacerles ciertos desplantes a propósito, ir por otro lado, y se genera una relación que ahora, con las redes, es de ida y vuelta, porque podés conocer más rápido sus reacciones y jugar con eso. Ya desde A Song is a Song, que es un disco de covers, entendí que esas canciones están unificadas por mi personal punto de vista, por la elección de los arreglos y por mi interpretación. Puede parecer una obviedad, pero la canción sólo sobrevive cuando es apropiada. Las canciones de ese disco fueron versionadas a partir de mi memoria más que de escuchar la canción y sacarla nota por nota. Lo importante es que vuelvan a la vida y que solo después te remitan al autor. Todas esas reflexiones fueron fortaleciendo en mí la importancia de la canción, que devino en Incandescente. Hoy creo que una canción, si es buena, puede sobrevivirme en la voz de otro artista y eso es más importante que mi propia carrera o lo que fuera.

–¿Por qué el título Canciones al paso?
–Pensé en la imagen de quien está caminando por Corrientes y descubre que hay música en el Hall y puede detener su paso para darse el tiempo de escuchar música, un poco de manera casual, como me ha pasado muchas veces. El Teatro San Martín es un lugar muy apreciado por mí, ya sea por el cine de la Lugones o por las obras de teatro, que conocí a los 16 o 17 años, junto con otros que en ese tiempo nos juntábamos para compartir un mismo interés. Es un espacio de conocimiento que siempre me gustó y sin dudas la invitación para tocar allí me tocó una fibra.

–¿Cómo es tu relación con las nuevas tecnologías, cómo te llevas con ellas? No sólo en lo referente a la composición y la grabación, sino también con la distribución de la música en la actualidad.
–Ha cambiado todo. Los nuevos dispositivos provocan una relación de amor- odio que es complicado. No voy a decir que antes era mejor porque no funciona así. Sin dudas hay una nueva forma del consumo de arte que hay que sumarla a las tradicionales. Al fin de cuentas, yo hago lo que me gusta, y después, quien lo consuma, que lo haga como quiera. Acá vuelve el tema de la importancia de la canción. Cada vez son menos –somos menos–, quienes se toman el tiempo de escuchar el disco entero de un artista. La gente escucha, básicamente, lista de canciones. No es muy copado, pero es la forma actual de escuchar música. Y de hecho, uno también lo hace. Muchas veces me armo listas de canciones cuando me voy de viaje o para mi programa de radio, aunque en esos casos trato de respetar el orden de las canciones en un disco, que es fundamental para el armado de la propia obra. Esa cuestión conceptual es esencial. Y queda desarmada con Spotify, porque termina siendo prescindible.

–¿Tal vez por eso el revival del disco de vinilo, que invita a una escucha diferente?
–Creo que el vinilo resulta atractivo para quien no vivió esa época. Para mí, en ese consumo hay un 80 por ciento de esnobismo. Hoy los discos de vinilo son muy caros, y gastar ese dinero para escucharlo en un tocadiscos de plástico no tiene mucho sentido, salvo por el objeto en sí mismo, que es muy bello. Y eso prima por sobre la búsqueda del sonido. Los seres humanos seguimos sintiendo la necesidad de poseer el objeto. Pero la música sigue siendo intangible. Dalí decía que la música era la menor de las artes porque no se la podía poseer. Es obvio que todos los soportes no son “la música”, sino que solo sirven para escucharla o transportarla. Por otra parte, el CD pasó a resultar rápidamente obsoleto porque no pudieron mejorar esas cajitas horribles donde vienen. El vinilo no suena mejor que el CD, pero tiene ese romanticismo que, al que no lo vivió, le resulta fascinante. Es un formato lindo para coleccionistas de culto, pero no hay que mandarse la parte de cómo suena la música. De cualquier forma, la cuestión siempre pasa por cómo se consume la música en la actualidad.

–¿Por qué?
–Los nuevos dispositivos proponen una falsa idea de participación del público que es lo que traba todo. Porque no basta con ponerle un like a una canción. La única manera de lograr un contacto genuino sigue siendo el vivo. Allí es donde se manifiesta eso que llamamos rock.

–¿Qué hay de nuevo que te haya sorprendido o gustado especialmente?
–Sorprenderme, como decimos los viejos, a esta altura hay poco. Aunque mi programa de radio me mantiene activo y trato de estar actualizado y atento a lo que pueda surgir. Y de vez en cuando aparece algo que me atrae. Pero trato de conseguir el disco entero y no me quedo solo con el tema de difusión. Porque este año, por ejemplo, me pasó de escuchar el corte de difusión de una banda y no me movió un pelo. Pero después me llegó el disco entero de esa misma banda y estaba buenísimo. Sin dudas, esa elección no había sido muy feliz, al menos para mí. La  banda se llama BNQT. Tiene cierto eclecticismo medio retro, un poco de los setenta, que está muy bueno. Me gusta mucho la música de los setenta cuando está puesta en valor y noto la influencia de eso. Las canciones tienen un desarrollo musical muy interesante, y más allá del formato clásico de la canción pop, se permiten hacer un tema de 5 ó 6 minutos, con momentos instrumentales que la enriquecen. Claro que tengo una forma de escucha medio enferma, porque la deformación profesional me lleva a no poder evitar estar atento al sonido y las estructuras. Otro disco que me gustó es lo nuevo de The Horrors, una banda británica que está muy buena, tiene un montón de música, y es genial porque van en contra de paradigmas de este nuevo siglo que está muy bien sacudir, de vez en cuando. Y también está muy bien el último de Mark Lanegan, me encanta la voz de ese tipo.

–¿Cómo ves el rock en Argentina? ¿Tiene sentido esa etiqueta hoy? ¿Cómo te parás vos mismo en esa escena?
–Lo que sé es que mi generación, y las generaciones anteriores, tenemos que sacarnos la idea de que el rock es imprescindible. Eso lo hace la gente. Lo que trato como artista es generar interés y eso ya es muy difícil. Porque hoy el rock es un commodity, es un entretenimiento, y es lo que nos tiene que entrar. Si lo categorizás como entretenimiento, podés hacer algo interesante. Y generar una vía artística válida, desarrollar alguna idea estética. Algo que quieras comunicar o aquellas palabras que una persona sigue necesitando para sí o para decirle a otro. No es que diga esto muy contento, sino más bien desde la necesidad de reinsertarme como artista. No soy un poeta, básicamente lo que hago es para que la gente lo pase bien. Claro que todos la pasamos bien con distintas cosas y eso está implícito en mi respuesta. Quiero generar algo con lo que pueda identificarse un grupo al que le interesen las mismas cosas. Pero no lo veo muy bien al rock, no lo veo muy saludable.

–¿No has perdido en el camino nada del goce que te provocaba tocar en vivo cuando empezabas?
–Al contrario, hoy lo disfruto más, mucho más, y lo valoro también mucho más que cuando empecé porque lo entiendo de otra manera. El intercambio de energía y esa unión que se produce puede resultar utópico, pero funciona. Escuchar un disco te transmite una emoción y te puede llegar a conmover, pero nunca igual que el vivo.

–Más allá de tocar en un concierto o de cuando estás ensayando o grabando, ¿seguís encontrando placer en tocar, sin motivo, sólo para vos?
–Sin dudas. De cualquier manera, siempre estoy pensando en lo que viene. En el nuevo disco o en un nuevo concierto. Este es mi estudio, mi laboratorio, donde pruebo sonidos. Por ahí hay un día que no, pero es raro. Me gusta tocar, encontrar el sonido. Es algo que me acompaña desde chico y me aleja del ruido externo. Me hace muy bien. Estoy solo, mirando por la ventana con la guitarra y los pedales, y eso no lo cambio por nada.