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Tiempo de crisis

Por Analía Fedra García >> Fotos Carlos Furman
 

En pleno proceso de montaje, la directora de la versión de Relojero que sube a escena en el Teatro Regio reflexiona sobre la importancia de volver a los grandes clásicos de la dramaturgia nacional, valora cómo estos textos siempre iluminan nuevas zonas de la realidad social y analiza la última pieza del creador del grotesco criollo, sin dudas la más cerebral y elaborada de toda su producción.

 

Frente a las grandes obras, una siente siempre el vértigo y la adrenalina de la absoluta incertidumbre acerca de lo que pueda ocurrir con la creación de su puesta en escena. Esa “incertidumbre teatral” es absolutamente imprescindible ya que si la obra no me genera esa sensación de vértigo, por lo general no la hago. Y no por una determinada valoración personal sobre ella, sino porque lo que me impulsa a hacerla es ese vacío inicial sobre la posibilidad de su resolución.

Como siempre, hoy resulta nuevamente necesario volver a los grandes autores argentinos. Es sorprendente descubrir textos muy desafiantes de la dramaturgia y la narrativa nacional, que quizá no fueron lo suficientemente valorados en su momento. Me pasó con Paco Urondo, con Leónidas Lamborghini, con Roberto Arlt y, ahora, con Armando Discépolo. Llevar a la escena a estos autores es la mejor manera de mantener viva su obra. No sólo merecen un homenaje sino provocar que sus obras circulen y dialoguen con nuestro presente. Y, en ese camino, no dejamos de sorprendernos acerca de la tremenda contemporaneidad de estos textos concebidos en la década del treinta del siglo pasado, porque nos siguen hablando de nuestro, a veces, doloroso presente.


HILOS INVISIBLES

Los personajes de Relojero ya no son los inmigrantes que poblaban sus obras anteriores, sino que Discépolo convierte en protagonistas a las generaciones posteriores de aquellos.
En lo personal, como primera generación nacida en la Argentina, no puedo dejar de sentir una profunda afinidad con esos seres y las situaciones en las que están envueltos, que me resultan muy cercanas.
Creo que todo grupo humano se encuentra relacionado por hilos invisibles. Y lo que hacemos o dejamos de hacer repercute indefectiblemente en los demás. Aún con las mejores intenciones y deseando lo mejor para los otros, podemos convertirnos en enemigos invisibles de nuestros semejantes y hasta de nosotros mismos.
Aunque las situaciones que enfrentan a representantes de distintas generaciones (entre padres e hijos) y hasta a los de una misma generación (entre hermanos y al matrimonio protagonista) son muy diferentes, en la actualidad siguen produciéndose los mismos choques y tensiones en el seno de la familia. En ese sentido, lo que más me gusta de la obra es que Discépolo no juzga a sus criaturas, esquiva cualquier intención didáctica o aleccionadora y, con maestría, evita privilegiar cualquiera de las posiciones enfrentadas: todos y ninguno tienen la complicidad del autor. Cada uno de ellos posee sus propias motivaciones y justificaciones. Y es muy conmovedor cómo Don Armando demuestra la imposibilidad de cambiar a los demás para que sean como se pretende que sean.


OPERAR UNA TRANSFORMACIÓN

Durante el proceso de ensayo y a partir del trabajo con los actores, descubrimos nuevas formas para las distintas situaciones. Gracias a la generosidad del autor, los actores acceden a registros expresivos inscriptos en el texto, sin necesidad de abordar los personajes desde una idea previa: al transitar la obra se despliega la expresión. En las primeras semanas trabajamos en el recorrido total de la obra, reconociendo las situaciones como en una especie de borrador. Ahora nos encontramos en una etapa de profundización. Y hay que decir que se trata de una obra en cierta forma tramposa: algunas cuestiones, aparentemente poco dificultosas, se tornan un verdadero desafío cuando se hace su recorrido en forma integral, fundamentalmente los cambios radicales a los que están expuestos los personajes. El elemento trágicómico les exige transitar con intensidad cada uno de los momentos, pero al mismo tiempo encontrarse muy disponibles a las transformaciones repentinas que sufren. Sobre cada uno de ellos se desatan grandes tormentas y, para salir del temporal, muchas veces apelan a la risa, que los sacude y los arrastra de un tirón.

Otro de los planteos es indagar hasta encontrar un registro expresivo común y observar cómo la actuación se despliega en cada momento. El trabajo con los actores es sin duda uno de los mayores desafíos de la puesta y requiere de un trabajo artesanal, que construimos cada día con los actores. Es muy estimulante cómo acceden a zonas expresivas que ni ellos mismos esperaban encontrar. El trabajo con cada escena provoca que el actor nunca termine de la misma forma. El teatro nos transforma a todos y abrirse a esa experiencia es uno de los motores creativos más significativos.

 

 


DESENCANTO Y DESTRUCCIÓN

Relojero, “grotesco” en tres actos, es la última creación de Armando Discépolo. Lo estrenó la compañía de Luis Arata el 23 de junio de 1934 en el viejo Teatro San Martín, una sala ubicada en Esmeralda al 200 que tiempo después fue demolida. 

La extensión de la pieza no es común para la especie criolla y tal vez se echan de menos la concreción expositiva y el ajuste dramático, tan equilibrados y exactos de que hace gala Stéfano, por ejemplo. En Relojero, Discépolo sigue la peripecia narrativa a través de varias líneas que conducen al mismo desencanto y hacia una idéntica destrucción. El hogar de Daniel, quien tiene en su casa un tallercito de relojería, entra en una crisis profunda y, como consecuencia por el ejemplo, el hecho se repite en la familia de su hermano Bautista.

Y si el Don Miguel de Mateo era capaz de entender y hablar con su caballo, y el Stéfano de la pieza que lleva su nombre se maneja con términos musicales que son los de su dedicación, el relojero Daniel incita a su mujer, muy desalentada, a la que ve detenida en el tiempo: “Estás parada. Date cuerda. Hace rato que te veo así (los brazos abiertos en cruz) a las y cuarto. Date cuerda”. 

Relojero cierra la dramática de la crisis integral (por formulación, contenido y alcances) que están empeñados en testimoniar, con raro talento, los “grotescos criollos” de Armando Discépolo. Un teatro ácido, corrosivo, desesperanzado. Andrés, uno de los hijos de Daniel, exclama con amargura ante el desbarranco total de su familia: “Hay un solo modo de vivir con decencia absoluta: en el hambre y desnudo”. Y luego sentencia: “…si comiste bien, a alguien le sacaste parte de su comida, alguien se quedó sin comer”.