# Dossier 7 / LA VUELTA LA MUNDO EN 80 MUNDOS / POéTICA Y POLíTICA DE LOS OBJETOS NOTAS RELACIONADAS       

Poética y política de los objetos

>> Fotos Carlos Furman
 

La directora de la compañía de títeres del San Martín reflexiona en esta entrevista sobre la situación del arte de los títeres en el mundo y también sobre la actualidad de la compañía, que cumple cuatro décadas de existencia.

 

“Pienso que lo más vanguardista de la escena proviene del teatro de objetos”, dice convencida Adelaida Mangani cuando se le pregunta cómo ve el presente de un arte tan antiguo como misterioso, que aquí y en todas partes sigue fascinando a públicos de todas las edades a partir de la manipulación de un objeto capaz de provocar una emoción que muchas veces un intérprete de carne y hueso no consigue. “Durante muchos años, el arte de los títeres se circunscribió a una serie de técnicas muy definidas, con determinados personajes característicos, muy populares, que en cada país fueron reconocidos como representación del títere cuestionador, callejero, que plantea una crítica al poder”, completa la directora. “Un títere que se llamaba Guiñol en Francia, Kasper en Alemania o Punch and Judy en Inglaterra, y que en Argentina fue representado por el “Juancito” de Javier Villafañe. Sin embargo, en los últimos veinte o treinta años, comenzó un fenómeno muy interesante y es que el teatro de títeres adquiere una nueva definición: “teatro de títeres y objetos”. El objeto empieza a ser apreciado como un elemento expresivo de mucha potencialidad, incluso los directores de actores empiezan a considerarlo como un componente más eficaz que el propio actor. El polaco Tadeusz Kantor fue, sin dudas, uno de los primeros y más talentosos e influyentes artistas que lograron darle al objeto en escena una poética que él mismo situó “entre la basura y la eternidad”. En la actualidad, han florecido los títeres llamados monumentales, los animados mecánicamente, como expresiones de impacto urbano. Hay mucho de eso en el mundo.

La evolución del teatro de objetos está interesando mucho a los especialistas y a los jóvenes que sueñan con ser titiriteros. 

—Sin dudas, la invasión del objeto movido en función dramática, dentro y fuera del escenario, ha adquirido un gran desarrollo. Y en relación con el títere de sala, la novedad pasa por el refinamiento en la producción y en la búsqueda de nuevos materiales para la construcción de los mecanismos de los títeres. Años atrás, era construido y realizado de manera artesanal por el propio titiritero que lo manipulaba en escena. Hoy los realizadores han alcanzado un grado muy avanzado de especialización en la construcción de mecanismos y objetos. El titiritero ya no hace su propio títere y hay alumnos que egresan como titiriteros que sólo se dedican a la realización.

—¿Las nuevas tecnologías influyen de alguna manera?

—Influyen, pero más en el momento de la producción del espectáculo y no tanto cuando se lo concibe. La utilización de imágenes digitales, de luces y otras técnicas se da cuando se monta el espectáculo. Pero la verdadera novedad está, creo yo, en la especialización y en la división del trabajo del realizador. Por ejemplo, cuando nosotros empezamos con el Grupo a finales de los setenta, trabajábamos con títeres sumamente pesados, construidos con materiales muy duros, a veces hasta de hierro, que más que títeres parecían aparatos ortopédicos. En cambio hoy hay una preocupación mayor porque el títere sea liviano, construido con materiales muy finos y que respondan sensiblemente a la intención del titiritero. Además, se convocan a especialistas en determinadas técnicas y procedimientos y se ha desarrollado enormemente.

—¿Cómo encuentra la actualidad de los espectáculos de títeres en un mercado teatral cuya oferta para el público infantil ha crecido tanto? En la reciente temporada invernal se estrenaron cerca de mil espectáculos para chicos en Buenos Aires… 

—En principio, yo haría una diferencia de géneros. Una cosa son los espectáculos musicales o con actores para chicos y otra, muy distinta, los de títeres. En nuestros días, el arte de los títeres se ha expandido tanto que la antigua diferencia entre lo comercial y lo artístico resulta muy difícil de establecer. Porque, además, es una tensión que se produce hacia el interior del género titiritero. Hay una pronunciada utilización del títere con propósitos comerciales, o sencillamente porque está de moda. Porque la palabra comercial en verdad ha caído en desuso, ya que en el mundo que vivimos todo es una mercancía, de mayor o menor calidad. La contrapartida económica siempre está jugando. Por eso el término comercial, que era muy usado por mi generación cuando teníamos 20 años, hoy necesita por lo menos una revisión. Porque todo está atravesado por la producción económica. Entonces, quiero decir que dentro del propio género, hay espectáculos de títeres y objetos que apuntan sólo a explotar como cualquier otro negocio y otros que superan ampliamente esa postura y apuntan a la calidad artística.

—Volviendo al pasado, en sus comienzos el Grupo de Titiriteros debía competir con el vértigo que imponía la televisión o el cine. La actual explosión casi incontrolable de propuestas audiovisuales provenientes del mundo digital, ¿ha mermado el interés de los niños por los títeres o, por el contrario, hoy resulta más seductor por brindar una propuesta diferenciada? 

—Lo segundo: es más fácil convocarlos desde un lugar diferente. El impacto emocional que produce el objeto títere en el niño espectador, un objeto que cobra vida y se comunica a través de su vida simbólica, resulta tan atractivo como siempre y, tal vez, hoy tiene un encanto mayor que en el pasado. Porque se dirige a una zona emocionalmente muy primitiva del sujeto que lo percibe. Y lo lleva a un lugar que lo atrae de inmediato. Desde que el espectáculo comienza, el público se va entregando cada vez con mayor entusiasmo. Y en ese sentido, no encuentro diferencias con el pasado.


Adelaida Mangani, foto: Carlos Furman

—Teniendo en cuenta que la compañía está pronta a cumplir cuarenta años, ¿en qué medida la profesionalización del titiritero, más allá de sus indiscutibles beneficios, puede haber atentado también contra ese valor de lo artesanal propio de los comienzos de la compañía? 

—Sin dudas, la profesionalización trae aparejados algunos vicios para el elenco, pero no creo que se reflejen en el escenario. Más bien están relacionados con la forma de concebir la vida laboral. Hoy los titiriteros han alcanzado una estabilidad en su profesión y eso está muy bien. Aún corriendo el riesgo de caer en una burocratización del oficio. En nuestros comienzos, todo era más inestable, pero jamás faltábamos a una función. Como decía Gené, la única razón justificada para que un actor no hiciera una función era la muerte. En eso noto un cambio. Pero en relación con la excelencia técnica, artística y emocional sobre el escenario, hoy es mejor que en mi época. Tienen más herramientas y son casi implacables con ellos mismos, porque hay mucha más competencia también. Hay una búsqueda insistente del resultado exacto, por lograr determinado movimiento de forma precisa. Antes era más prueba y error. Porque el títere era mucho más rústico e imponía limitaciones hasta el propio objeto. Hoy ese objeto es mucho más sutil y el titiritero más obsesivo. En ese sentido, encuentro mejor calidad.

—¿Cuáles serían las fortalezas y las debilidades del elenco?

—Las fortalezas son las que mencionaba antes. Hay una excelente formación que les permite a los titiriteros abordar las dificultades de producción que una obra le impone al director. Aparecen nuevas capacidades: todos o casi todos tocan instrumentos, cantan y se mueven muy bien. Y esas capacidades permiten que se amplíe enormemente las posibilidades de elección de un repertorio.

—Según su visión, ¿qué es lo que le falta al Grupo?

—Sería muy valioso poder llevar a cabo más intercambios con directores y compañías extranjeras. Que puedan llegar artistas destacados de otros países para aportar su propia visión del arte de los títeres y también de la forma de trabajar. Y que, como contrapartida, el Grupo pueda salir a girar por el mundo.

—¿Y en cuanto a su nivel artístico? 

—En relación con otras compañías del mundo, el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín tiene un nivel muy alto y nada que envidiar a ninguna otra. Prueba de eso es que el Taller-Escuela cuenta con alumnos llegados de todas partes del mundo porque saben de la excelencia en la formación y desarrollo del arte titiritero en nuestra compañía. Claro que sería muy conveniente contar con una mayor producción para poder crecer aún más. Pero creo que estamos en un nivel muy alto.