# Dossier 6 / STRIP+TEASE = 4 DESVELOS / HACER TODO LO QUE DA VERGüENZA NOTAS RELACIONADAS             

Hacer todo lo que da vergüenza

>> Fotos Carlos Furman
 

“Yo bailé desnuda infinitas veces. Podés pedirme que me desnude ahora mismo que no tengo ningún tipo de pudor. Sin embargo, el striptease que refiere al arte de la seducción es otra cosa. Es un lugar donde nunca estuve, y eso da pudor: mostrar cómo uno es sexy”. La directora Florencia Vecino revela algunas claves de Impuesto rosa.

 

Acostumbrada a trabajar en el teatro público sólo como intérprete, ahora que le toca el rol de directora, lo primero que le llamó la atención a Florencia Vecino son los tiempos para la búsqueda creativa. Tuvo que presentar primero el diseño de la puesta en escena, la escenografía o lo que quisiera que estuviese sobre el escenario. “Es raro empezar por el espacio cuando todavía no sabés ni de qué vas a hablar. Entonces convoqué al artista visual Marcos Torino, que trabajó conmigo a la par y hoy es casi un director, una persona sumamente importante para el proyecto. Decidió conmigo hasta qué pestaña postiza me voy a poner. Primero pensamos lo formal y, sobre esa base, empezamos a ver qué podía contener”.

–¿Qué otras cosas la sorprendieron durante el proceso?

–Descubrí que me resultó más difícil hacer una pieza corta, de quince minutos,  que una pieza de una hora o una performance. Por otro lado, nunca había reflexionado sobre el striptease. Lo tenemos incorporado como algo bastante importado, de consumir videoclips y películas.

–¿Qué le interesó como punto de partida para ponerse a trabajar?

–El burlesque nació como una crítica muy fuerte a la alta cultura. Una de las primeras bailarinas de cancán, en 1920, se sacaba un sombrero y lo pateaba como símbolo de patear a la burguesía. Todos esos datos me parecieron muy interesantes. Sin embargo, siento más empatía con el striptease que devino en los setenta mucho más jovial, enérgico y sin esa cosa elegante y sofisticada. Es un striptease más ligero o despreocupado.

–¿Y qué se propuso en su abordaje al striptease?

–Lo primero que quería era hacer algo que realmente me diera vergüenza. Una vez bailé desnuda para Adrián Dárgelos, en un recital de Babasónicos, y recuerdo que me dijo: “yo hago todas las cosas que me dan vergüenza”. Eso me quedó grabado. Trasladado al striptease, sentía que lo que verdaderamente me provocaba vergüenza no era desnudarme, sino bailar de una manera más propia de un ámbito privado, como cuando bailo sola en el living de mi casa.

–¿Hacer algo que de vergüenza es una estrategia para generar ese velo de pudor?

–El striptease juega con la transición de pasar de estar vestido a desvestido, y más que con la ropa me metí con el tipo de danza. El problema es cómo bailar eso, el tipo de cuerpo que aparece en ese pasaje. Hay un cuerpo de baile que me acompaña, tres o cuatro esculturas que simbolizan estos fantasmas que relacioné con el striptease. Elementos de la cultura popular que hacen de apoyatura formal, simbólica y visual.

–¿Por qué el título Impuesto rosa?

–Me gusta jugar con la palabra “impuesto”. No sólo por el impuesto social (como el monotributo), sino como algo que se impone. El rosa es un color impuesto a lo femenino. Como el Pink Tax, ese tributo oculto de ciertos productos o servicios destinados a las mujeres, que llegamos a pagar más que los hombres por lo mismo (chupetes, máquinas para depilar). Además, nunca se menciona el sentido económico que hay detrás del striptease, y con el “impuesto rosa” sentí que hablaba por rebote de la economía. Hay una persona que maneja lo que no deja de ser un negocio. Nunca sabés si la o el striper quieren hacer eso o están siendo manejados. 

–¿Algo de esos cuestionamientos quedaron en la obra? ¿La obligaron a tomar partido?

–Hay algo que me resulta un poco contradictorio: no termino de concluir si el striptease es algo liberador y súper feminista o, por el contrario, una actividad muy controlada, que es bien patriarcal. Estoy un poco atrapada, entre esas dos cosas.

–¿Qué más podría adelantar del espectáculo?

–Hice dialogar la cultura del striptease con ciertos elementos de la cultura popular. Una de las esculturas refiere a una fábula infantil que, desde lo simbólico y lo formal, abren interrogantes. Y también hablo del stalking virtual, de esta sensación casi pornográfica de exhibirse a diario en las redes sociales, que es también una manera de desnudarse.

–¿Cómo se inscribe este espectáculo en sus últimas producciones?

–Mis últimas obras tenían algo de ritual, casi de sacrificio, de una entrega muy fuerte en lo físico y en lo mental. Buscaba con ganas volver un poco a lo placentero que tiene la danza, a la danza por la danza misma, sin grandes conceptos. Quería que el concepto fuera el propio baile, que tenga que ver más con el placer, con el disfrute. Creo que algo de eso está en Striptease. Sin quedar atrapada en un montón de preguntas y en una especie de danza espejada hacia mí misma, sino con una forma un poco más expresiva y fácil de comunicar, para lograr –o no– una empatía con quien la mire.