# Dossier 1 / TEMPORADA INTERNACIONAL
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Lenguajes, épocas y culturas

 

En el marco de la Temporada Internacional Argentina-Gran Bretaña, la directora británica Penny Cherns llegó a Buenos Aires para dirigir  La tempestad de William Shakespeare en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín. En esta entrevista revela algunas claves de su acercamiento al clásico y de por qué esta Tempestad aún resulta inquietante.

 

Cuando Penny Cherns volvía en barco de unas vacaciones, vio unas nubes cerrarse sobre la isla de Gozo, una de las tantas que conforman el archipiélago de Malta, en el mar Mediterráneo. Pensó que así se vería La tempestad.
En la última pieza de William Shakespeare, Próspero, legítimo duque de Milán, desata una tormenta para hacer naufragar a su hermano Antonio, usurpador del trono. Desde el caos y la locura, Próspero, alter ego de ese mago de la escena que fue Shakespeare, teje un encantamiento para urdir su venganza.

“La primera vez que estuve en Buenos Aires, me era imposible entender la ciudad”, dice Penny Cherns. “Viajaba por distintos barrios pensando: esta parte es como Nueva York, ésta se parece a Saigón, a Roma o a Barcelona. Estaba tratando de crear sentido a partir de elementos que no podía entender, hasta que comprendí que lo que veía tenía su propio espíritu”.

Por eso, para esta destacada directora y docente que ha trabajado con la Royal Shakespeare Company, el Royal Court Theatre y el New End Theatre de Londres, entre muchos otros teatros, la obra es también una invitación a unirse con el futuro. “Tratar de construir sentido sin escuchar, sin mirar la ciudad, es algo que hacemos frecuentemente y es lo que pasa en La tempestad. Los personajes tienen que acostumbrarse a no pensar en llevarse algo, en dominarlo, a decir esto es lo que yo soy y lo otro es horrible, extraño, sino estar dispuestos a absorber del otro, a entender para compartir”.

Durante muchos años y en varios lugares, persistía en Penny Cherns este interés por La tempestad.  Por eso, cuando le propusieron un proyecto sobre Shakespeare en Buenos Aires, al principio pensó en As you like it (Como gustéis), pero luego ganó el deseo de explorar esta isla de una “imposible sociedad”. “Creo que es un ejemplo de reunión de estados, colores, seres humanos”. Después de una primera experiencia en Buenos Aires dictando talleres sobre Shakespeare, donde conoció a varios de los actores que hoy conforman el elenco (Malena Solda, Alexia Moyano, Osqui Guzmán) y de presentar Anthony Unbound, un unipersonal sobre Marco Antonio con George Irving en el Festival Shakespeare Buenos Aires en 2016, ahora regresa a la ciudad para estrenar La tempestad en la Sala Casacuberta del Teatro San Martín, en colaboración con el British Council y como apertura de la Temporada Internacional del Reino Unido 2018.

–¿Cómo fue el trabajo con los actores en Buenos Aires?

–Muy interesante, porque lo tienen todo: energía, “hambre” para involucrarse con la obra y sus ideas. Tienen una manera de trabajar el texto diferente a la de los actores ingleses. Aquí hay un énfasis puesto en el modo de hacerlo, en el sentido de performance más que en la experiencia de buscar y sacar llaves del propio texto y de la estructura de la obra. Con Lope de Vega pasa lo mismo, o en los trágicos, y en Inglaterra sucede también. El texto provoca un miedo, por lo que habría que “normalizarlo” o “arreglarlo”. A los textos los veo más como canciones, como sucede en los musicales. Se puede entender la mezcla de música y palabras entrando desde un lugar más alto. Ocurre lo mismo en las obras de los años cincuenta, que tienen una manera de hablar y sentir que hoy no existe. Hay que encontrarla y hay que hacerla. Y sólo tenemos palabras. Hay que hacer de cada palabra y de cada frase algo muy importante para actuar, para modificar al otro.

–¿Cómo concibió el espacio escénico para el espectáculo?

–Desde agosto estuvimos hablando con Jorge Ferrari, el escenógrafo. Hablamos de reflejos, de laberintos y de descubrir cosas extrañas. Buscamos pinturas y paisajes de la Argentina, porque estamos trabajando aquí, y no trayendo un museo inglés. El descubrimiento personal del Norte argentino, de Salta particularmente, fue muy impresionante: los colores, las montañas pintadas como en un cuadro de Chagall. Pensamos con Jorge a partir de formas difíciles de habitar y senderos como laberintos donde el sentido se pierde, al estilo de Alicia en el País de las Maravillas.

–¿Esos colores y paisajes colaboraban con el elemento mágico de la obra?

–Absolutamente. Cuando uno cree que ha llegado a un espacio verde, de repente hay otro color, otra experiencia. Es vertiginoso todo el tiempo, desorienta. Con la iluminadora Eli Sirlin pensamos en el trabajo con el espacio y la luz del artista norteamericano James Turrell y cómo en su obra uno puede perderse en el color blanco, así como los pilotos de avión cuando no saben dónde están. De esta influencia vino el blanco y las luces vinieron de Turrell, estos cambios de colores que son muy fuertes, también en relación con los colores del Norte. Junto con la luz y la escenografía pensamos también el vestuario con Mini Zuccheri. No es de nuestra era pero tiene reminiscencias actuales. Una combinación de modas, que continúan durante las épocas.

–Hay varios actores que interpretan más de un personaje. ¿Por qué?

–Por una idea de desdoblamiento. Antonio y Calibán, por ejemplo, los dos son contrarios a Próspero. Quería que un actor pudiera encarnar ambos roles. Dentro de cada uno de nosotros existe un diablo y también el bien, un tonto y un sabio. En la puesta hay siete actores para todos los personajes. El vestuario tenía que servir a esta dificultad, cambiar de repente. Como en la farsa, cuando alguien sale de un lugar y en unos instantes entra por otro lado.

La tempestad es un material muy rico para estos juegos escénicos.

–Espero que sí, es lo que buscamos. A veces todo se modifica con un cambio de postura, una manera de hacer o de pensar. Si no es muy aburrido, uno se aburre y nadie entiende. Además, hay que construir lo mágico, ése es el desafío de La tempestad, también para los actores. Por eso juegan con distintas maneras de movimiento y formas de comportarse. Hemos tratado de entender lo que pasa cuando se habla y también cuando se habla un lenguaje que pertenece a otro, no sólo se trata de cambiar la voz. Muchos hacen dos papeles, hay varios cambios en las relaciones entre ellos y las escenas, porque tienen textos y rangos diferentes. Hacia el final todos están en el escenario y los cambios son más rápidos. Es una manera de mostrar el juego de la producción también, empleando los recursos del teatro de la época, las mascaradas, por ejemplo. Sólo que ahora tenemos luces, sonidos. Es una forma de mostrar lo que puede ofrecer el teatro para entretener.

–Esta obra de Shakespeare ha sido leída como la metáfora de una sociedad imposible. ¿Su montaje integra la experiencia de dirigir en otro país, en otro idioma? 

–La construcción se da en el encuentro entre culturas. Cuando uno mira una pintura en una galería, por ejemplo, hay muchas capas que hay que develar. Y no hacerlo de modo condescendiente, autoritario: como si dijéramos “esto es así” o “es demasiado complicado para que ustedes entiendan y entonces vamos a ubicarlo en la India”. Romeo y Julieta se puede hacer de muchas maneras y con mucho éxito, como lo demuestra West Side Story, pero siempre mantiene su espíritu. No quiero hacer algo digerible por pensar que el público es tonto y no va a entender, como interpretar a Beethoven en versiones de jazz o pop. Hay que jugar con las situaciones que la obra ofrece, experimentarlas como algo alegre, interesante, que se puede contar.

–De su extensa trayectoria dirigiendo en el mundo, ¿qué rescataría de esta experiencia en Buenos Aires?

–Me llama la atención cuánto teatro hay aquí. No conozco sobre su calidad, pero la cantidad de espectáculos me dice que hay un interés en el teatro, en esa experiencia física que el cine no tiene. En Inglaterra se hace teatro en muchas partes como una forma de presentar la historia de su cultura, pero las personas no se interesan por el teatro en sí o en ir al teatro.

–¿Qué espera del espectador que se acerque a ver esta Tempestad?

–Me gustaría que al salir, digan: “he entendido todo y me ha gustado mucho”. No sólo lo que dicen los actores, sino también las relaciones en la obra. Y también preguntarnos acerca de por qué cuando vamos a un país queremos conquistarlo. Me gustaría que puedan experimentar algo que les resulte interesante pero que también se disfrute. No como algo extraño, “especial”, de “museo”, que traen los ingleses a la Argentina para mostrar la manera correcta de hacer Shakespeare, porque no existe tal manera. Cada época tiene su forma de hacer Shakespeare, como en las películas. Siempre es una traducción entre lenguajes, culturas y épocas.