# Dossier 1 / LA FARSA DE LOS AUSENTES / UN PROFETA DEL PORVENIR NOTAS RELACIONADAS         

Un profeta del porvenir

 

Cinco relevantes personalidades de nuestra cultura reflexionan sobre la dimensión del autor que, en primera mitad del siglo XX, revolucionó la narrativa argentina.

 

UN CADÁVER SUSPENDIDO SOBRE LA CIUDAD

Por Ricardo Piglia

Una tarde Juan C. Martini Real me mostró una serie de fotos del velorio de Roberto Arlt. La más impresionante era una toma del féretro colgado en el aire con sogas y suspendido sobre la ciudad. Habían armado el ataúd en su pieza, pero tuvieron que sacarlo por la ventana con aparejos y poleas porque Arlt era demasiado grande para pasar por el pasillo.
Ese féretro suspendido sobre Buenos Aires es una buena imagen del lugar de Arlt en la literatura argentina. Murió a los cuarenta y dos años y siempre será joven y siempre estaremos sacando su cadáver por la ventana. El mayor riesgo que corre hoy su obra es el de la canonización. Hasta ahora su estilo lo ha salvado de ir a parar al museo: es difícil neutralizar esa escritura, se opone frontalmente a la norma de hipercorrección que define el estilo medio de nuestra literatura.
Hay un extraño desvío en el lenguaje de Arlt, una relación de distancia y de extrañeza con la lengua materna, que es siempre la marca de un gran escritor. En este sentido nadie es menos argentino que Arlt (nadie más contrario a la “tradición argentina”): el que escribe es un extranjero, un recién llegado que se orienta con dificultad en el vértigo de una ciudad desconocida. Paradójicamente, la realidad se ha ido acercando cada vez más a la visión “desajustada” de Roberto Arlt. Su obra puede leerse como una profecía: más que reflejar la realidad, sus libros han terminado por cifrar su forma futura.
Arlt es el más contemporáneo de nuestros escritores. Su cadáver sigue sobre la ciudad. Las poleas y las cuerdas que lo sostienen forman parte de las máquinas y de las extrañas invenciones que mueven su ficción hacia el porvenir.

Prólogo a la edición de Roberto Arlt: Cuentos completos. Seix Barral, Barcelona, 1996.

 

LA CONSTRUCCIÓN DE LO  REAL

Por Jorge B. Ribera

El universo tramado por Arlt, sobre la base de una absoluta libertad imaginante, poseía todos los atributos de la provocación. No nos “hablaba” sobre lo real, como las novelas construidas con “una sólida base documental” o con los rasgos de una notoria intención “naturalista”, al estilo de las que escribían Gálvez o Castelnuovo; más bien “construía” lo real (construyendo lo “imaginario”), y esa es su gran lección y su valor más perdurable.
¿Y qué era, en definitiva, “lo real” en Arlt? Fundamentalmente una convención, un espacio “imaginario” (muy cercano a los patrones del grotesco, del “extrañamiento” y de la deformación expresionista, como lo ha señalado la crítica), en el que se tramaban desmesurados verosímiles de la realidad social, verosímiles discursivos o fácticos que tenían que ver de manera indudable (y aquí el lector ponía su propia cuota ilusionista, sublimadora o proyectiva) con los avatares de esa clase media tocada profundamente por la crisis, con sus pavores, sus idealizaciones y sus fantaseos hegemónicos.

Fragmento de su estudio Los siete locos, Hachette, Buenos Aires, 1986.

 

UN EXTREMISTA DE LA LITERATURA

Por Beatriz Sarlo

Lector de folletines, rocambolesco lector, Arlt tiene una imaginación extremista: de un conflicto sólo se sale por la violencia. No se trata simplemente de una ideología, sino de una forma. En El juguete rabioso, Silvio Astier quiere prenderle fuego a la librería donde trabaja, deja una brasa sobre una pila de papeles y se va convencido del incendio. Esa noche, Astier se siente definitivamente libre y su acto le parece digno del arte: “¿Qué pintor hará el cuadro del dependiente dormido, que en sueños sonríe porque ha incendiado la ladronera de su amo?” La grandeza de la ensoñación contrasta irónicamente con esa brasa que se ha extinguido en el charco grasiento donde se lavaron los platos. Silvio, al igual que otros personajes de Arlt, tiene medios patéticamente inadecuados a sus fines. Pero lo que importa es que haya elegido la salida por el fuego. Por otra parte, Silvio sabe que la delación es una forma extrema de la traición. Por eso delata. En el contraste que se establece entre la delación y sus efectos, piensa que se arraiga su subjetividad y se construye una relación nueva con la vida. De todo lo que ha vivido hasta ese momento se sale por el lado de alguna violencia. Oscar Masotta leyó esa delación como empresa metafísica de alcanzar el absoluto a través del mal. Esa radicalidad del Mal pone a los actos más allá de las ideologías. El significado del acto de violencia es estratégico: una forma de enfrentar cualquier lazo social convencional. Con el asesinato de la Bizca, en Los lanzallamas, Erdosain cumple de nuevo ese movimiento estratégico. El asesinato es gratuito: no responde a ningún cálculo táctico, que evalúa lo que conviene en cada situación, sino a un enfrentamiento total. La lógica de ese enfrentamiento, que también fue la lógica de la secta organizada por el Astrólogo, es extremista. El extremismo arltiano presupone a la violencia no como táctica para resolver una situación, sino como forma de anularla. Entre la ensoñación y la vida puerca, sólo la violencia extrema. No hay camino intermedio. Así, los personajes de Arlt buscan siempre un trastocamiento súbito, fulgurante e instantáneo de las relaciones entre sí, y de ellos con los objetos. Las situaciones son extremas y no pueden superarse sin un aniquilamiento que no responde a opciones ideológicas, sino a una forma de la imaginación. El movimiento de la ficción arltiana es el del extremista que cree que no hay otro camino. Ningún personaje de Arlt puede regresar a ninguna parte: el deambular, la huida, el suicidio son los únicos cambios posibles. Erdosain piensa: “Ojalá revienten todos y me dejen tranquilo”. Al repetir una frase hecha, su deseo define una situación de la que sólo se puede salir explosivamente. Erdosain dice que revienten todos de manera literal: el mundo debe saltar en pedazos. La imaginación no quiere saber nada de transacciones. Por eso, la literatura de Arlt es completamente radical. La violencia es la única forma de la política, que, a su vez, sólo se expresa como delirio. Arlt raspa el sentimiento hasta transformarlo en cinismo, desesperación, cólera o hipocresía.
Foto Carlos Furman

Esos son los tonos ácidos de El juguete rabioso. El amor se representa desde la ambigüedad del engaño que lo acompaña como su sombra. No hay amor inocente, no hay sentimiento que no sea engaño de alguna especie. El sentimentalismo es viscoso. La familia y el matrimonio son instituciones-trampa; la mujer misma es la trampa, y toda entrega sentimental masculina se deshace contra algo que no puede ser sino disfraz y maniobra. Arlt no recubre los sentimientos con una capa de discursos sentimentales. O los exaspera hasta la inverosimilitud o los arranca del romanticismo a través de motivos que toma de la literatura decadentista: “Ella entorna los ojos. Le transmite una tal beatitud con la tersa pureza de su frente y el estupor maravillado de sus pupilas, que Balder experimenta tristeza de no poder morir en aquel instante”. Esta es la gran operación de Arlt con la literatura popular y el folletín con el que se lo vinculó tantas veces: se distancia de su sentimentalismo por la ironía o por la exageración donde amor, muerte, sensualidad y pasión se entreveran siempre. Conserva, en cambio, las contraposiciones nítidas. El claroscuro del folletín, una vez que se ha quemado el sentimentalismo, evoca los contrastes ácidos del expresionismo. Por eso Arlt es crítico y sobre su obra nunca podría decirse, como se dijo del folletín, que consuela alimentando el ensueño de ojos abiertos. Son los personajes de Arlt los que sueñan imposibles. Jamás les permite eso a sus lectores. Nadie sale consolado de una novela de Arlt. El extremismo no consuela porque tampoco soluciona imaginariamente. La incomodidad de Arlt, después de tantas décadas, tiene mucho que ver con su extremismo. Es difícil normalizar un sistema de explosiones encadenadas.

Fragmento de un artículo aparecido en la revista Ñ, 2 de abril de 2000

 

EL ANARQUISMO INVERTIDO

Por Oscar Masotta

Ninguna de las anécdotas conocidas sobre Arlt permite evocar o entrever ese lugar estructural de su obra donde un humillado humilla, delata, ajusticia, traiciona, golpea o asesina a otro humillado. ¿Existirá la anécdota en la que Arlt se muestre capaz de mimar con su propia vida la estructura interna de las situaciones claves de sus novelas? Alguien, un día, me relató esa anécdota. Algo que pudo o no haber ocurrido, pero que es verosímil. Roberto Arlt, ya adulto, conversa en la calle con unos amigos. De pronto, hace un gesto, pide que lo esperen y se aleja en dirección al portero de un edificio. Cuando está enfrente del hombre acerca su cara a la de él y lo escupe. ¿Feísmo? Sí, pero la literatura de Arlt no es una literatura de lo lindo, sino más bien de lo lindo envenenado. ¿Fanfarronismo, violencia de derecha? Una cosa y la otra, y, simultáneamente, ni una cosa ni la otra. El acto de escupir en el rostro de un portero: a mi entender, una estructura semejante a la delación del Rengo por Astier o al asesinato de la Bizca por Erdosain. En descargo de Arlt podríamos pensar que a través de ese agravio inesperado del que se convierte en víctima a un pobre portero, intentaba señalar a los otros que él, Arlt, no ignoraba su propia obra, de la misma manera que algunas culturas primitivas demuestran, por boca de alguno de sus individuos, que se conocen a sí mismas más de lo que el etnólogo cree conocerlas. Y Arlt sabe esto de sí mismo: que si él quiere decir en su obra precisamente eso que busca decir, debe hacer que sus personajes sean anarquistas, pero al revés. Los personajes de Arlt no intentan poner una bomba al mundo de los de arriba, sino erigirse en verdugos de los de abajo. Pero por lo mismo, al reconstruir con sus actos particulares, de individuos singulares y concretos el sentido de esa escalera jerárquica de verdugos y víctimas que la sociedad sostiene en el anonimato de lo general, nos obligan a conocer de manera emocionante qué cosa es una jerarquía social, o lo que es lo mismo, a un insidioso comercio con eso aberrante, bastante poco escondido, que nosotros llamamos, con palabras neutras y lavadas, sociedad de clases.

Fragmento de Sexo y traición en Roberto Arlt, Jorge Álvarez, Buenos Aires, 1965.

 

LA LIBERTAD A SECAS 

Por David Viñas

Si Arlt pudo estar, adherir momentáneamente a determinadas declaraciones de las que participaba el comunismo, nunca, jamás, pudo ser de ellos, uno de ellos. Porque su espíritu demoníaco, agresivo, violento, pecador, no se hubiera conciliado (como no se concilia ninguna de sus obras) con la seguridad satisfecha y progresista del comunismo. Porque en realidad a él no le importaba modificar el mundo, hacerlo mejor, sino describirlo, paladearlo. Y entenderlo. Y aún amarlo con todas sus impurezas. Y así como no puede ser de los comunistas, Arlt tampoco puede ser de los esnobs, de los bien pensantes o de los pulcros. De aquellos que ahora lo utilizan (y hasta lo leen) porque está de moda, porque ha surgido pese a los Roberto Giusti y a los Ragucci y a los antologistas. Pero tampoco se crea que queremos la exclusiva de Arlt porque ahora resulta una bandera más o menos eficaz. No. Solamente ambicionamos que Arlt sea de todos. Y que, sobre todo, continúe siendo libre y signo ejemplar de la libertad. De la más absoluta y, si se quiere, arbitraria libertad, de esa libertad que no se condiciona a nada ni pide permiso ni disculpas ni notas laudatorias. De la libertad a secas.
Fragmento del artículo Arlt y los comunistas, aparecido en la revista Contorno N° 2, mayo de 1954.[/caption]

Foto: Carlos Furman