# Dossier 1 / LA FARSA DE LOS AUSENTES / UN PIEDRAZO EN EL ESPEJO DE LA REALIDAD NOTAS RELACIONADAS         

Un piedrazo en el espejo de la realidad

Por Pompeyo Audivert >> Fotos Gustavo Gavotti
 

¿Quiénes son los personajes? ¿Dónde están? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Qué están haciendo? El autor de esta nota, responsable de la versión de la obra de Roberto Arlt que se estrena en la Sala Martín Coronado, propone utilizar estas preguntas como plataforma a una experiencia teatral superadora del realismo histórico, “haciendo estallar su secreto, ampliándolo poéticamente”.

 

En el fondo, lo que anima la necesidad de hacer y de ver teatro es una suerte de excitación poética sin referente, una pulsión de otredad, el deseo de dar un salto a la identidad profunda, a la estructura de la presencia; vamos al teatro y hacemos teatro para sondear en otra latitud quiénes somos realmente y dónde estamos.

Pero el teatro se ha transformado en un espejo histórico y sólo funciona si puede dar respuestas precisas a las viejas preguntas que dan cuenta de esa curiosidad y la proyectan en un escenario enmascarada de alguna circunstancia aparente: ¿Quiénes son los personajes? ¿Dónde están? ¿De dónde vienen? ¿Adónde van? ¿Qué están haciendo?

El problema con estas preguntas es que se han establecido como límite en vez de como trampolín, se las usa para establecer el plano unidimensional de realidad histórica como el referente del acto, clausurando así la perspectiva de un salto al misterio que anida en ellas. Y es que sólo son preguntas estimulantes cuando se abren a otros sentidos que las habitan, cuando se las hace estallar, o se las usa como prisma para abrir su interrogante a otras latitudes. Entonces sí abisman al actor y al espectador, lo inspiran, le dan además de apariencias de convención, vacío, apertura, estallido, misterio.

Lo que se mantiene en el plano, en la línea, se aliena y extingue en la mismidad del espejo. La suposición de que el teatro debe reflejar la realidad es discutible, pero tiene algo de cierto, como todos los mitos burgueses que se establecen para negar y desviar de su propósito lo que dicen afirmar. Se plantea: “el teatro debe parecerse a la vida” o “debe reflejar el mundo, ser un espejo donde el hombre pueda verse”. No hay nada malo en estos postulados, pero detrás de ellos vemos las escenas que los representan y nos enteramos de que se trataba de un reflejo psicológico afirmador del nivel de realidad histórico del que surge la escena. Entonces nos preguntamos: ¿era sólo esto el teatro, un espejo autorreferencial del frente histórico dominante? ¿Es sólo eso la vida, el hombre, el mundo? ¿Un frente histórico? ¿Y la sospecha sagrada que nos anima a ir al teatro o a hacerlo? ¿Qué hacemos con ella teatralmente?

 

 

Pero se puede discutir mejor con este mandato sobre-afirmándolo, intensificándolo, haciendo estallar su secreto, ampliándolo poéticamente. Es decir, exagerándolo: ¿Qué es la realidad? ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué estamos haciendo realmente? Lo teatral sería el acrecentamiento de estas preguntas bajo condiciones de máscara. El misterio que anida en ellas latiendo enmascarado en el acto; no la respuesta unidimensional que quiere clausurar su magnitud, sino el estallido de esos interrogantes en versiones y subversiones que desborden su presunta pertenencia al plano, a la apariencia, a la convención; desaforar la pregunta en vez de ponerla en caja. Sobre-intensificar las preguntas fundantes, contenerlas en una máscara que apenas pueda soportar la presión de su carga, para luego, rasgándola, hacer manar su sangre misteriosa disfrazada con los restos del paisaje que rodea su advenimiento.

Esto plantea Roberto Arlt en El desierto entra en la ciudad, la obra que dispara nuestra versión La farsa de los ausentes: ¿Quién es César? ¿Quiénes los invitados? ¿Qué están haciendo? ¿Dónde están? ¿Y esa criatura?

La farsa de los ausentes es el intento de alcanzar con Arlt esa zona dorsal donde nuestra identidad de fondo, ya librada del yugo histórico, resuma versiones teatrales de sí misma, abriendo así la sospecha que nos hace humanos: ¿no será que siempre estamos naciendo y muriendo, reencarnando una y otra vez en otras máscaras? Y en ese trance ¿no estaremos siendo abducidos por una mecánica histórica siniestra a unos quehaceres absurdos, a una farsa que nos ausenta de nuestra verdadera identidad, de nuestro sentido de ser?

Vaya pues entonces La farsa de los ausentes como un piedrazo en el espejo de esta realidad histórica que nos inscribe en su pavorosa geometría.