# Dossier 5 / EL REñIDERO / LA ETERNA VIGENCIA DE LOS CLáSICOS NOTAS RELACIONADAS       

La eterna vigencia de los clásicos

>> Fotos Carlos Furman
 

Una aproximación a la obra de Sergio De Cecco que inspiró la versión coreográfica que se presenta en la Sala Casacuberta y su posición en el teatro nacional.

 

El teatro argentino reconoce lo que podría llamarse una prehistoria, que abarca el período colonial y también los primeros sesenta o setenta años de vida independiente del país. En esa etapa, aunque puedan mencionarse esfuerzos meritorios, se carece prácticamente de expresiones originales, y todo se resuelve en la imitación del teatro español o en una balbuceante y tosca escena popular. En la década de 1880, con Juan Moreira, y poco después con la aparición del sainete criollo como género (relacionado con el hispano, pero a la vez muy diferente a él), el arte dramático nacional se consolida, y entra en el siglo XX con un respetable bagaje de obras y autores. El resto es historia conocida, dentro y fuera de las fronteras: de Florencio Sánchez a Samuel Eichelbaum, de Gregorio de Laferrère a Carlos Gorostiza, de Armando Discépolo a Atilio Betti, de Francisco Defilippis Novoa a Conrado Nalé Roxlo, la dramaturgia argentina alcanza una madurez profesional y artística que ya nunca perderá.

Sergio de Cecco, el autor de El reñidero, pertenece a esa generación de autores que en la década de 1960 -a veces por coincidencias temáticas, otras por simple razón de edades, y siempre por el imperio de una gran preocupación por lo nacional- se propusieron cambiar la fisonomía del teatro argentino de entonces. A tales autores, quizás no muy felizmente, se los rotuló como “realistas”, más que nada por el sentido social y la recuperación del lenguaje coloquial en sus creaciones, sin reparar en que eran muy distintos entre sí y que las preocupaciones que los animaban eran a veces contrapuestas. En efecto, Roberto Cossa (Nuestro fin de semana, La Nona) y Ricardo Halac (Soledad para cuatro) eran muy diferentes, en sus presupuestos creadores, de Griselda Gambaro (El desatino, El campo). Y Germán Rozenmacher (Réquiem para un viernes a la noche) no podría homologarse con Carlos Somigliana (Amarillo).

El surgimiento de esa generación provocó no pocas polémicas, a las que no estuvo ajena la crítica, sobre asuntos y estilos, sobre lo particular y lo general, sobre formas y contenidos, sobre la realidad y la poesía en el teatro. Fueron polémicas creativas, más apasionadas que perdurables, de las que El reñidero emergió como un ejemplo nítido. Es decir, mostró de qué manera un tema clásico, extraído del más representativo teatro de la antigüedad, el de Esquilo, Sófocles y Eurípides, podía transmutarse al Buenos Aires de comienzos del siglo XX e instalarse en el alma de la vida porteña para alcanzar una nueva universalidad.

Estrenada en el verano de 1964 en el Jardín Botánico de Buenos Aires y repuesta al año siguiente en el Teatro San Martín con los mismos responsables en dirección, vestuario y música, El reñidero ganó elogios, éxito y premios, y estímulo a De Cecco a emprender nuevas aventuras teatrales como Capocómico, presentada en 1965 por la Comedia Nacional Argentina y El gran deschave (en colaboración con Armando Chulak) que se convirtió en uno de los mayores sucesos de público del teatro argentino.
A medio siglo de su estreno, El reñidero mantiene su atractivo original de ser espejo de dos mundos primitivos: el griego antiguo, donde se desarrolló el mito original, y el argentino, que al filo del nuevo siglo vio desaparecer toda una forma de vida ante el empuje de la inmigración y la civilización industrial. Y también conserva esa fuerza oscura tan propia del ritual de la tragedia.