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El drama de la forma

Por Witold Gombrowicz >> Fotos Carlos Furman
 

Los seres humanos se unen bajo ciertas formas de Dolor, de Espanto, de Ridículo, de Misterio, con melodías y ritmos imprevistos, dentro de relaciones y situaciones absurdas. Sometiéndose a ello, son creados por lo mismo que ellos mismos han creado.

 

Enrique eleva a su padre a la dignidad de rey para recibir el sacramento del matrimonio, después de lo cual a su vez se proclama rey y quiere conferirse a sí mismo el sacramento. Con tal fin se esfuerza por obligar a sus súbditos a colmarle de divinidad: quiere convertirse en su propio dios.
Pero todo eso se alcanza a través de la Forma: al unirse entre sí, los hombres se imponen mutuamente tal o cual forma de ser, de hablar, de comportarse… Cada uno deforma a los demás al tiempo que es deformado por ellos. Por lo tanto, este drama es, ante todo, el drama de la Forma. No se trata aquí de encontrar la manera más apropiada para traducir un conflicto cualquiera entre personas o ideas, sino de mostrar nuestro eterno conflicto con la Forma. Si en una obra de Shakespeare alguien llamase “Cerdo” a su padre, sería el drama de un hijo que ultraja a su padre. Pero en esta obra, el drama se desarrolla entre el que grita y su propio grito. Ese grito puede encerrar un valor positivo o negativo, puede contribuir a realzar a quien lo ha lanzado tanto como hacerle caer en un abismo de vergüenza y oprobio.

Esa deformación a la que queda sometido el personaje principal, Enrique, tiene lugar en un doble sentido. Por una parte, el mundo interior del héroe deforma al mundo exterior. Enrique es quien lo sueña todo, está “solo”, los otros personajes son soñados por él y manifiestan directamente y en numerosas ocasiones sus propios estados morales. Por lo tanto, si la escena, sin razón aparente, se hace indecente, patética o misteriosa, si un ser cualquiera se pone de repente simpático o triste, es como consecuencia de una intensa labor de su espíritu.
Por otra parte, el mundo exterior se impone a Enrique. A veces ocurre que los héroes del drama cambian bruscamente de tono y dicen algo inesperado, porque eso es precisamente lo que Enrique espera de ellos. Otras veces, Enrique se conduce de manera incomprensible e imprevisible a sus propios ojos, porque él debe adaptarse a sus compañeros y éstos le dictan entonces su estilo.
Tenemos pues una deformación recíproca, el constante enfrentamiento de dos fuerzas, una interior y otra exterior, que se limitan mutuamente. Este tipo de doble deformación se aplica a todo acto de creación artística y por eso Enrique se acerca más al artista que al soñador. Aquí todo está siempre en trance de “ser creado”. Enrique crea el sueño y el sueño crea a Enrique, así como la acción se crea a sí misma, los personajes se crean mutuamente y todo camina al azar hacia soluciones desconocidas.