# Sumario / CONFESIONES DE UN LUGONODEPENDIENTE

Confesiones de un Lugonodependiente

Por Alan Pauls
 

LOS 50 AÑOS DE LA SALA LEOPOLDO LUGONES
Hace una década, a propósito del 40º aniversario de la sala cinematográfica del Teatro San Martín, el escritor y crítico Alan Pauls escribió un texto tan bello como personal a partir de su relación como espectador con “La Lugones”. Ahora, que la sala cumple 50 años, reproducimos esas líneas sobre un verdadero “modelo de institución utópica”.

 

Hay muchos lugares en Buenos Aires para ver películas, pero cuando se va al cine, lo siento, se va a la Lugones. No hay otra. Ir al cine no es ir a ver películas; a menudo es incluso lo contrario. Películas se pueden ver en cualquier parte y de cualquier manera: en una sala high tech con olor a tacos con queso, en un tugurio poblado de valijeros, en un coche-cama camino a Saldungaray, en el living de una casa, en una unidad básica, en la habitación de un hotel alojamiento. Ir al cine, en cambio, es lo contrario de lo cualquiera. Desde la película hasta la ropa, pasando por la compañía y el humor, cada componente de la experiencia “ir al cine” responde a algún tipo de necesidad y admite –sólo al cabo de un examen agotador– muy pocas alternativas.


No es una cuestión de dinero, ni de confort, ni de moda; es una cuestión de forma de vida. Desde la Cinemateca de Henri Langlois, digamos, ir al cine implica una estética existencial (de la que la nouvelle vague es un largo documental colectivo).

La Lugones es el epicentro de esa estética existencial que es la cinefilia. Es el único lugar de la ciudad donde se funden los dos sentidos de la palabra cine (que juntos, indisociables, son los que hicieron del cine el gran fenómeno del siglo XX): un arte y un espacio, un trance estético y una arquitectura, una aventura de la percepción y un tipo específico de socialidad. Yo he ido a la Lugones a ver a Dreyer, a Ozu, a Mizoguchi, a Bresson, a Nicholas Ray. Pero el papel que la sala tiene en mi vida nunca se revela tanto como cuando me descubro yendo a ciegas, sin saber qué dan.

No hay ningún otro lugar de Buenos Aires que me inspire tanta confianza; ningún lugar donde la confianza sea una experiencia tan compleja. No voy a ciegas a la Lugones porque sé que voy a sentirme protegido; voy porque creo a ciegas en todo lo que me promete, y lo que me promete nunca es paz sino riesgo: excitación, entusiasmo, rejuvenecimiento.


Algunos highlights de mi lugonodependencia.
 

Me gusta tener que subir a un décimo piso para ver cine. Me gusta ese momento de promiscuidad y pudor en que miro y evito mirar a los otros catorce que se apretujan conmigo en el ascensor mientras subimos hacia la sala. Me gusta el hall, con su escala justa, perfecta para estar solo (sin sentirse desamparado) y para conversar (sin caer en la manía). Me gustan la alfombra y el revestimiento de madera de las paredes, responsables de esa acústica íntima, ligeramente démodée. Me gusta que me den un programa donde siempre hay algo para leer (señal de que la película, que nunca es sólo una película sino parte de un ciclo, es el núcleo de una experiencia más compleja que involucra revistas, críticos, épocas históricas, debates, etcétera). Me gusta el desafío fisonómico que me propone la sala cuando entro: ver quién ha venido, descubrir qué caras tienen las nuevas generaciones de cinéfilos, fijarme si las parejas que veo en el ciclo Rohmer se besan distinto que las que veo en Orson Welles. Me gustan incluso los problemas –resabio sin duda de los años ‘70, cuando la precariedad era el síntoma de la pasión tercermundista–: los problemas de proyección (cada vez más infrecuentes), el encendido errático de las luces, la escasez de lugares, que le devuelven al cine un carácter real, material, del que siempre gozo mucho. Me gusta el asambleísmo siempre a flor de piel de los espectadores, capaz de fogonear la menor discusión pero nunca de renunciar a los modales de la etiqueta cinéfila. Me gusta tener la sensación de que todos los que estamos ahí –incluidos el jubilado que ronca, el lumpen que cuenta sus monedas, las señoras que se transmiten en voz baja la película, figuras seguramente anacrónicas que para mí, sin embargo, siguen rondando la sala– no podríamos estar en otro lado. Me gusta ver gente que conozco sólo de la Lugones y darme cuenta de que la he visto envejecer expuesta a las mismas imágenes que yo, contemplada por las mismas películas que me contemplaron a mí. Me gusta ese clima de controversia introspectiva que suele campear al final, haciendo cola frente al ascensor para bajar, cuando todos sabemos que tenemos algo que decir sobre lo que vimos y lo decimos en voz baja, en voz baja lo suficientemente alta para que lo escuche nuestro vecino de cola, que por la cara que tiene seguramente piensa lo contrario. Me gusta tener que decidir cómo bajar, si por el ascensor –donde el debate, si nuestro vecino baja con nosotros, sigue entre dientes– o por la escalera, mirando de reojo, en cada descanso, las entrañas del teatro que duerme. No sé los demás, pero en los treinta años que hace que voy a la Lugones no hay vez que no haya tenido la impresión, al volver a asomar la cabeza a la calle Corrientes, de que tendríamos que irnos todos juntos a algún lado. No estoy seguro de que no lo hayamos hecho. Hay caras que sorprendo en la calle y pienso: “Ése estaba la otra noche en la película de Pialat”. O: “¿Ésa que va ahí no es la pelirroja de Tanner?” Qué extraordinario que una sala de cine “produzca” rostros, voces, tipos de belleza, aires, modos de vestir y caminar, formas de posar la cabeza en el hombro del otro.

 

 

Todas esas felicidades tienden de una manera extraña, a la vez discreta y sostenida, invisible y personal, hacia un nombre: Luciano Monteagudo. Llamar a L.M. programador es una mezquindad o una torpeza (sobre todo ahora que la palabra es propiedad de la televisión y la informática). Llamarlo curador es puro snobismo. Yo prefiero llamarlo curioso (que comparte algún gen con curador) o directamente autor. L.M. es el autor de la Lugones tanto como Lugones lo es del Lunario sentimental. Ésa es la otra diferencia radical entre ver películas e ir a la Lugones. Vemos películas en cajas más o menos cómodas, más o menos equipadas, más o menos calefaccionadas, pero las películas que vemos no fueron elegidas ni miradas por nadie. Se pasan, no se proyectan. L.M., que es básicamente un pedagogo (es decir un contrabandista), no hace sino proyectar: lo que vemos es la película + sus ideas sobre la película + las películas que la acompañan en el ciclo + el ciclo que vino antes y el que vendrá después + el programa +… Uno de mis máximos privilegios de lugonodependiente fue haber presentado en la sala un ciclo del alemán Harun Farocki. Nunca estuve tan nervioso. Dije el diez por ciento de lo que había preparado. Me distraía todo el tiempo mirando al público, tratando de descubrir a la pelirroja de Rohmer, al gordo del ciclo Pialat… Pero el privilegio máximo máximo fue conocer la oficinita que L.M. tiene del otro lado de la pantalla de la Lugones. Miraba todo con una lentitud increíble, como si hubiera consumado una fantasía infantil y tuviera días para gozarla. Tuve que contenerme para no amordazar a L.M. y ocupar su lugar. No estoy seguro de no intentar hacerlo alguna vez.

No faltan lugares adonde nos guste ir. Faltan lugares adonde nos guste volver. La Lugones es exactamente eso, y quizás ahí esté su lección más cívica, más política. No es sólo un lugar donde vemos el mejor cine, el cine que no se ve en otro lado, el cine que mejor nos ve, pensado por alguien, L.M., que lo piensa no para “facilitarlo” sino para multiplicar sus efectos sobre nosotros. La Lugones es un modelo de institución utópica. Es todo lo que desearíamos que fuera una institución a la que nos gustara regresar (que es lo que más le gusta hacer a ese fantasma que es todo espectador de cine): un lugar que cambia pero permanece idéntico, que nos enfrenta con lo desconocido pero nos da armas para amarlo, y que por el precio irrisorio de una entrada nos da un lujo desproporcionado e impagable: mundos nuevos.